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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 392

Isabel llevó un gran ramo de rosas color champaña, envuelto con esmero, y se lo presentó a Yolanda. En medio de las flores, destacaba una tarjeta repleta de palabras escritas a mano.

La mirada de Yolanda, que por puro reflejo iba a posarse sobre el ramo, se apartó de inmediato como si se hubiese quemado, al notar la atención de su hija y su yerno.

—Llévatelo, no quiero verlo —dijo, con un dejo de urgencia en la voz.

Isabel frunció el ceño.

—Señora, por favor, al menos échele un ojo. El señor Yago lo preparó con mucha dedicación.

—Déjalo ahí —respondió Yolanda, ahora con un tono firme y autoritario—. Ve a arreglar la ropa.

Isabel, resignada, dejó el ramo sobre la mesa y se dio la vuelta para guardar la ropa ya doblada en la maleta.

Por un momento, el ambiente en la habitación se volvió tenso y un tanto incómodo.

Karina le lanzó una mirada a Lázaro, luego habló.

—Mamá, Lázaro y yo vamos a llevar las cosas al carro.

Después giró hacia Isabel para organizar todo.

—Isabel, tú agarra esa bolsa, y el equipaje déjaselo a Lázaro.

Justo en ese instante, Isabel acababa de guardar la última prenda, así que respondió rápido:

—Claro, gracias, Lázaro.

Los tres salieron del cuarto, cerrando la puerta tras ellos.

La habitación quedó en silencio, sintiéndose aún más vacía.

Yolanda se sentó sola en el sofá, la mirada perdida en un punto indeterminado.

Pasaron varios minutos antes de que sus ojos por fin se posaran en el ramo de rosas en la esquina de la mesa.

Guardó silencio un buen rato antes de apoyarse en el brazo del sofá y, con ayuda de su bastón, se acercó poco a poco.

Sus dedos temblorosos sacaron la tarjeta de entre las flores.

La caligrafía, tan familiar, era igual que hace años: firme, marcada, pero con una ternura contenida.

[Yolanda, felicidades por tu alta, y aún más por haber recuperado tu libertad. Los años pasados fueron como una temporada interminable de lluvias, empapando tus alas, pero también limpiando el cielo. Ahora que la tormenta quedó atrás, no mires más hacia el lodo. El futuro es largo, el sol brilla, el viento es suave, atrévete a avanzar y descubre paisajes que nunca imaginaste. Ya no tienes que vivir por nadie más, solo por ti. Desde donde puedas o no puedas verme, siempre desearé que encuentres tu propio día soleado.]

Una lágrima ardiente cayó sobre la tarjeta, desdibujando la tinta en un pequeño manchón.

Y enseguida, las lágrimas comenzaron a rodar, como si se hubieran desprendido todas de golpe, imposibles de contener.

Apretó la tarjeta contra el pecho, como si quisiera fundir en su interior ese sentimiento guardado por más de veinte años.

Demasiado tarde...

Yago, esto llegó demasiado tarde.

Un solo paso en falso condenó su vida. El día que eligió a Gonzalo, ya había entrado en un túnel del que no habría salida.

Cada herida en su cuerpo era el precio por no saber elegir bien a las personas.

Después de instalar a su madre en Privadas del Lago, Karina no se detuvo ni un instante.

Con Gonzalo sentenciado a muerte, todos sus bienes y acciones regresaron a nombre de Yolanda.

Pero aún quedaban muchísimos trámites legales y administrativos por resolver, y Karina debía atender cada uno de ellos.

Apenas terminó con esos pendientes, fue directamente a la estación de policía.

Las joyas que Gonzalo casi logró llevarse cuando intentó escapar habían sido incautadas como evidencia, pero por fin ese día pudo recuperarlas.

Al abrir la caja, un leve olor metálico, casi imperceptible pero inquietante, le revolvió el estómago.

Karina sintió náuseas y, sin pensarlo, mandó todas esas joyas a un centro especializado para que las limpiaran y desinfectaran.

Solo se quedó con algunas piezas que le agradaban a su madre. El resto, lo donó todo a una organización de beneficencia.

Después de lidiar con todos esos asuntos, Karina ni siquiera tuvo tiempo de respirar.

Cuando se supo lo del director de Grupo Galaxia rindiendo cuentas, la bolsa se desplomó y el valor de las acciones cayó cinco puntos en una noche.

Durante la junta extraordinaria de accionistas, Karina asistió como la mayor accionista de la empresa.

Llevaba dos días sin parar, agotada y molesta.

De pronto, uno de los directores planteó un nuevo punto:

—Propongo que destituyamos de inmediato a Tomás Quintana del cargo de presidente.

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