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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 398

Valentín pensaba en esos siete años de su vida pasada, y también en todo lo que había hecho desde que volvió a vivir. Había cuidado a quien en verdad mató a su madre como si fuera un tesoro, dándole todo el cariño y la protección del mundo, llenándola de atenciones y privilegios.

Sin embargo, a esa muchacha inocente, la que de verdad merecía su afecto y protección, la había tratado como si fuera su peor enemiga. Usó las palabras más crueles y la indiferencia más brutal para herirla una y otra vez, alejándola de su lado y destrozando su corazón sin piedad.

Incluso... por venganza, él mismo acabó con la posibilidad de que ambos pudieran convertirse en padres.

Sentía el corazón apretado, como si una mano invisible lo estrujara con rabia. El dolor era tan intenso que apenas podía respirar.

Ahora entendía. Él era el más necio, el más ridículo de todos.

—Cof... cof, cof...

Una nueva oleada de tos sacudió su cuerpo, y más sangre tiñó la comisura de sus labios. Todo le daba vueltas, la vista se nublaba por momentos.

Odiaba a Fátima, pero más se odiaba a sí mismo.

De pronto, Valentín se puso de pie de un salto, tomó las gafas de realidad virtual y, tambaleándose, salió corriendo del lugar.

Tenía que buscar a Karina. Tenía que decirle la verdad.

Apenas abrió la puerta del privado, se topó de frente con Tomás.

Tomás estaba borracho, y cuando vio a Valentín, lo abrazó efusivamente por el cuello.

—¡Valentín, justo te andaba buscando! Estoy pensando en comprarle una casa a Fati, para cuando nos casemos. ¿Tú qué opinas? ¿Dónde sería mejor? Creo que a ella le gusta la tranquilidad... ¿qué tal una casa en las afueras, en la zona de las villas?

—¡Fátima es una mujer venenosa! ¡No puedes casarte con ella!

De pronto, Valentín volvió en sí y lo empujó con fuerza, con los ojos inyectados de rabia y la voz temblando.

La sonrisa de Tomás se esfumó al instante y su expresión se endureció.

Aprovechando el valor que le daba el alcohol, tomó a Valentín por el cuello de la camisa, convencido de que su amigo estaba celoso y quería arrebatarle a Fátima.

—¡Valentín! Si tú no supiste valorar a Fati, ¿por qué no puedo hacerlo yo?

Sin esperar respuesta, le soltó un puñetazo directo.

Valentín no logró esquivarlo. La cabeza se le fue de lado y escupió sangre.

Pero también apretó el puño y le devolvió el golpe con fuerza, luego lo giró y lo sujetó contra la pared.

—¡Es por tu bien! ¡Ella no es para ti!

Tomás quiso volver a golpearlo, pero Valentín lo tenía bien sujeto.

—¡Tomás! ¡No te dejes engañar por esa mujer!

El golpe contra la pared le dolió a Tomás, que rechinó los dientes y, furioso, gritó:

—¡Valentín, eres mi hermano! ¡Y no deberías estar metiéndote ahora! Dijimos que competiríamos de forma justa. La vez pasada ganaste tú, ¡ahora me toca a mí! ¡Acéptalo!

Valentín apretó los dientes con rabia.

—¡Idiota! ¡Los dos fuimos engañados por Fátima!

Hoy era un día especial: al fin se mudarían a su nueva casa.

Lázaro hacía todo con mucho cuidado, procurando no hacer ruido y no despertar a Karina.

Pero el suave ir y venir de los movimientos terminó por despertarla.

Karina, aún medio dormida, miró su figura ocupada y preguntó en voz baja:

—¿Te vas de viaje por trabajo?

Al escucharla, Lázaro se detuvo enseguida.

Se acercó a la cama en unos cuantos pasos, se inclinó y le plantó un beso cálido en la mejilla.

Su voz sonó un poco ronca, pero llena de ternura.

—¿Te desperté? ¿No te acuerdas que hoy nos mudamos?

Karina espabiló al instante y se sentó de golpe en la cama, dando una palmada en la frente.

—¡Ay, casi se me olvida!

—Déjame ayudarte a empacar.

Dicho esto, intentó levantarse de la cama, apartando las cobijas.

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