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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 399

Lázaro apoyó firmemente sus manos sobre los hombros de Karina y la empujó suavemente de regreso a la cama.

—No hace falta —dijo, mirándola con una mezcla de ternura y preocupación en la mirada—. Te he visto bastante cansada estos días, mejor duerme un poco más.

—Ya casi termino de empacar, no traje mucha ropa —respondió Karina, sentándose a medias.

Lázaro hizo una pausa antes de añadir:

—Cuando lleguemos allá, te llevo a comprar más ropa.

Karina cedió y se recostó otra vez, acomodando sus manos detrás de la cabeza, girando el rostro para mirar en silencio la figura del hombre que iba de un lado a otro. Su silueta alta y fuerte destacaba incluso en ese pijama sencillo que usaba; los músculos de sus brazos y espalda se marcaban con claridad.

Con mucho cuidado, Lázaro dobló cada prenda de Karina y las fue guardando en la maleta, una por una, procurando que todo quedara perfectamente ordenado.

La suave luz de la mañana se filtraba por la ventana, llenando la habitación de una calma profunda. Para Karina, ese instante tenía algo mágico. Sentía el corazón lleno de una calidez y serenidad que nunca antes había sentido.

De pronto, un golpe seco interrumpió el silencio —toc, toc—.

Karina frunció el ceño, sorprendida.

—¿Quién será tan temprano? —preguntó en voz baja.

Lázaro terminó de guardar el suéter que tenía en las manos y se encaminó hacia la puerta.

—Voy a ver quién es.

Karina lo detuvo unos segundos con una advertencia:

—Si es Hugo, dile que espere afuera un momento.

—Está bien —respondió él.

Abrió la puerta de un tirón, sin pensarlo demasiado. Sin embargo, no era Hugo el que estaba esperando afuera. Era Valentín.

La expresión de Lázaro cambió al instante; una sombra se apoderó de su rostro y su presencia se volvió densa, casi amenazante.

Valentín tenía los ojos enrojecidos y el semblante devastado. Al ver a Lázaro parado frente a él, vestido solo con pijama, los ojos se le contrajeron y la cara se le puso aún más pálida. Un torbellino de celos y arrepentimiento le quemaba el pecho.

Pero antes de que pudiera decir una palabra, la voz dulce de Karina llegó desde el interior de la habitación:

...

Mientras tanto, en la habitación, Karina no sospechaba nada de lo que ocurría afuera. Se levantó, se quitó la pijama de seda, dejando al descubierto su espalda suave y tersa, y buscó una prenda para cambiarse.

En ese momento, sintió el pecho cálido y fuerte de Lázaro presionándose contra su espalda.

—¡Ah! —exclamó, sobresaltada. Sin darle tiempo a reaccionar, él la abrazó por detrás y la empujó suavemente hasta que ambos cayeron sobre la cama.

La pasión de Lázaro la envolvió por completo, implacable y profunda. Sus besos ardían, esparciéndose por su cuello y hombros, mientras las manos grandes y ásperas de él recorrían su piel, como si no pudiera esperar un segundo más.

—¿Qué estás haciendo? —susurró Karina, sintiéndose tan débil que la voz apenas le salía—. ¿No ibas a terminar de empacar?

—Aún es temprano —gruñó él, voz ronca, los ojos oscuros brillando con una intensidad casi salvaje. La giró para mirarla de frente, atrapando su mirada.

—Primero quiero ocuparme de ti.

No le dio tiempo de responder. El siguiente beso la dejó sin aliento, robándole hasta el último pensamiento.

Karina, derrotada, solo pudo suspirar mentalmente. Si lo hubiera sabido, se habría cambiado en el baño. Había aprendido la lección: nunca más dejaría que este hombre la viera ni un poco desnuda, si no quería terminar atrapada entre sus brazos.

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