Los labios de Lázaro, apenas frescos, tenían ese aroma suyo tan inconfundible, uno que parecía limpiar el aire a su alrededor mientras, decidido, le arrebataba a Karina hasta el último suspiro.
Karina apenas pudo darse cuenta de lo que pasaba cuando su espalda ya chocaba contra el vidrio.
—Mmm…
El hombre la arrinconó contra la ventana, y con firmeza le separó los labios, comenzando con un roce suave que en cuestión de segundos se volvió una invasión total, arrasando como si nada pudiera detenerlo.
Sin embargo, sus ojos, serenos y desafiantes, se clavaron a través de la cortina de lluvia en el hombre que, en el centro del patio, tenía la expresión transformada por completo.
Karina se quedó pasmada. Por instinto, intentó empujarlo.
Pero no solo no logró apartarlo, sino que él la apretó aún más fuerte, profundizando el beso, como si quisiera fundirla con su propia esencia.
No tardó en comprender la verdadera intención de Lázaro.
Él lo hacía a propósito.
Quería que Valentín lo viera.
La mano de Karina, la que estaba empujando, se detuvo como si algo la controlara, y en su lugar terminó rodeando la cintura firme de Lázaro, respondiendo a su beso, alzando el rostro para corresponderlo.
Justo encima de ellos, una lámpara de pared lanzaba un resplandor tibio, dibujando con claridad la silueta entrelazada de los dos.
El ambiente, cargado de deseo, se volvía más pesado entre la humedad y el frío, al punto que parecía que el vidrio iba a quebrarse por la intensidad del momento.
A lo lejos, al otro lado de la lluvia, los ojos de Valentín se llenaron de furia.
Observó esa escena que le quemaba por dentro, y, tambaleándose, trató de incorporarse del suelo.
Pero llevaba demasiado tiempo de rodillas.
No sentía las piernas, el cuerpo entero lo tenía entumido por el frío, como si fuera una estatua de hielo.
Apoyó las manos en el piso, resbalando varias veces, hasta que logró ponerse de pie, titubeando.
Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, todo se le nubló.
Un golpe sordo retumbó en el aire, seguido de un estrépito de macetas partiéndose. El cuerpo de Valentín cayó pesadamente al suelo.
Hasta a través de la lluvia, el ruido fue estremecedor.
El corazón de Karina dio un brinco. Con fuerza empujó a Lázaro y miró hacia atrás.
Vio al mayordomo apurándose junto a varios guardias para socorrerlo.
—¡Rápido, lleven al señor Valentín al hospital! ¡Se desmayó!
La voz del mayordomo llegó entrecortada hasta donde estaban.
A pesar de todo, el brazo de Lázaro seguía firme rodeando la cintura de Karina. Su voz grave le susurró al oído:
—¿Te preocupa?
Karina frunció el ceño, su tono cortante.
—Si me preocupara, no lo habría dejado ahí arrodillado bajo la lluvia tanto tiempo.
Lázaro apoyó la barbilla sobre su hombro, y sus labios recorrieron despacio la mejilla suave de Karina.
—Quizá dije algo que no debía hace rato.
Se quedó en silencio, la voz más baja.
—Pero no lo soporto.
No era solo porque Valentín había sido su ex.
Durante los últimos meses, las movidas de Valentín en los negocios le parecían cada vez más sospechosas.
Era como si hubiera desarrollado un sexto sentido: anticipaba con precisión cada proyecto exitoso, se adelantaba a los cambios de la bolsa.
En ese tiempo, el Grupo Lucero les había arrebatado a Grupo Juárez más de una oportunidad.
Si no fuera porque el juego Vórtice de Sueños explotó en popularidad y levantó el valor de Grupo Juárez, Grupo Lucero ya los habría superado.
Lázaro respetaba a los rivales fuertes, pero odiaba que ese rival fuera precisamente el ex de su pareja.
Por eso, la admiración se le convertía en rechazo absoluto.
Karina se dio la vuelta para encararlo, con los ojos increíblemente brillantes en la penumbra.
—A mí también me cae mal.
—Así que, no tienes que hacer ese tipo de cosas para demostrarme que ya no me importa.

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