En ese instante, la opresión en el pecho de Lázaro simplemente se desvaneció.
Resultó que Karina no estaba molesta por Valentín, sino que lo que la tenía inquieta era esa inseguridad suya, ese titubeo lleno de dudas que tanto lo atormentaba.
Lázaro soltó un suspiro apenas audible, reconociendo que le había dado demasiada importancia al asunto y que había hablado sin pensar.
—Está bien, ya entendí.
La abrazó con más fuerza, como si con ese gesto pudiera resarcir su error, y le prometió con total seriedad:
—No volverá a pasar.
La mano suave de Karina se apoyó sobre su cintura, le dio unas palmaditas tranquilizadoras.
—Anda, duerme. Mañana hay que regresar temprano.
—Mi sistema está en la recta final, me falta poco para terminarlo.
—Sí —contestó Lázaro, y se dejó envolver por la calidez de su cuerpo, cerrando los ojos con una paz que no sentía desde hacía tiempo.
...
A la mañana siguiente, cuando salían de la casa, el mayordomo aguardaba en la entrada, rindiendo cuentas a Yolanda con voz reverente.
—...El señor Valentín se resfrió gravemente, tiene fiebre alta que no le baja y volvió a ser internado en el hospital.
Karina apenas si torció la boca y le ordenó al mayordomo, sin el menor titubeo:
—De ahora en adelante, no dejes que ponga un pie en la mansión.
Dicho esto, se marchó junto a Lázaro, sin mirar atrás.
...
Durante los días siguientes, Karina prácticamente vivía entre la mansión Herrera y Paraíso Austral, entregada por completo a los toques finales de su sistema.
Lo único que le daba algo de tranquilidad era saber que el profesor Víctor, al fin, había usado el vale para el chequeo médico que Lázaro le había regalado, y se había sometido a un estudio completo.
Los resultados eran alentadores: su estómago no presentaba ningún problema.
Aun así, Karina no bajó la guardia. Llamó a la empleada encargada de cuidar al profesor y le habló con firmeza:
—Aunque salga todo bien, no se puede uno confiar. De ahora en adelante, asegúrate de que el profesor coma sus tres comidas, siempre a la hora.
El profesor Víctor, que escuchaba desde un rincón, no pudo evitar reírse, tomándolo como una muestra de cariño de su querida alumna, sin imaginar que Karina lo hacía para impedirle repetir aquel trágico destino de su vida anterior.
...
Esa tarde, al regresar de la mansión Herrera, Karina apenas bajaba del carro cuando Belén apareció deslizándose en su patineta eléctrica, frenando justo delante de ella con una maniobra espectacular.
Lo que Karina no dijo fue que llevaba un mes sin su periodo. Aunque desde antes estaba acostumbrada a que su ciclo fuera un desastre, porque en su vida anterior, tratando de quedar embarazada, se había medicado tanto que su organismo terminó hecho un lío.
Por eso, aunque esta vez se había retrasado, al principio ni le dio tanta importancia. Además, ella y Lázaro siempre tomaban precauciones; un accidente parecía imposible.
Sin embargo, ese retraso, tan largo y sin explicación, empezó a ponerle los nervios de punta.
Belén, al oírla, se alarmó de inmediato:
—¿Te sientes mal? Si quieres, vamos ahora mismo al hospital.
—No hace falta —negó Karina, meneando la cabeza—. Ya le pedí cita a una doctora amiga, pero solo tiene hueco para el lunes. Quiero que me hagan un chequeo completo, así que seguro va a tomar tiempo.
Belén no dudó ni un segundo.
—Listo. El lunes pido permiso en el trabajo y te acompaño.
Karina le agradeció con la mirada, y añadió en voz baja, con total seriedad:
—Pero esto, ni se te ocurra decírselo a tu primo.
Apenas terminó de hablar, una voz profunda, con ese timbre inconfundible, sonó detrás de ellas.
—¿Qué cosa no me van a decir?

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