Karina dormitaba, sumida entre sueños, cuando respondió sin pensar:
—…mi periodo nunca ha sido muy regular.
Lázaro entrecerró los ojos de golpe, como si una chispa se le hubiera encendido en la mente. Recordó lo cansada que había estado Karina últimamente, sus constantes ganas de dormir, esos episodios de náuseas que de vez en cuando la asaltaban… Todo eso, sumado, le dejó el corazón latiendo a mil por hora y una idea increíble cruzó su cabeza.
—¿No será que…?
No terminó la frase. Karina, que parecía a punto de quedarse dormida, giró rápidamente y con sus pequeñas manos le tapó la boca.
—No empieces, no es posible.
Siempre había sido muy cuidadosa, vigilando cada vez que tomaban precauciones. No había forma de que ocurriera un accidente así.
Aun así, por más que intentaba convencerse, en el fondo sentía ese miedo que le recorría el alma.
Lázaro apartó sus manos, resignado, pero no pudo disimular la esperanza en sus ojos.
—Y si por casualidad…
—¡No hay casualidades! —lo cortó Karina, tajante.
Las cejas de Lázaro se fruncieron de inmediato. Sintió una oleada de frustración.
—¿De verdad no te gustaría tener un hijo mío?
Karina apretó los labios y se dio la vuelta, dándole la espalda sin responder. Su mente era un torbellino. La herida de su vida pasada seguía tan viva como siempre. Siete años contando días, esperando con ilusión, solo para terminar estrellándose contra la misma decepción una y otra vez.
Al final, lo único que obtuvo fue una mentira monumental.
El miedo se le había quedado pegado al alma, aterrada de revivir ese infierno.
Lázaro la contempló, viendo cómo su espalda se tensaba. Sintió una mezcla de impotencia y ternura. Extendió el brazo para abrazarla, queriendo traerla de vuelta a su lado.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Karina habló con la voz ahogada.
—No es que no quiera un hijo tuyo.
—Lo que pasa es… que necesito tiempo para prepararme.
Lázaro la abrazó desde atrás, envolviéndola por completo. Colocó su mano sobre la de ella, suavemente, apoyándola en el vientre.
—De acuerdo —susurró junto a su oído—. Cuando tú quieras, será el momento.
Karina no respondió. El cansancio la tenía al borde, pero esa inquietud que la carcomía por dentro no la dejaba en paz, como si la ansiedad creciera sin control. Se quedó así, con los ojos abiertos en la oscuridad, dando vueltas en la cama hasta que, al fin, el sonido sereno de la respiración de Lázaro la arrulló y pudo quedarse dormida.
...
Al despertar al día siguiente, la cama a su lado ya estaba vacía.
Lázaro se había ido temprano al cuartel de bomberos.
—No me quedé tranquilo contigo… También compré un departamento aquí.
Karina estuvo a punto de reírse por la rabia, y empujó el carrito para marcharse.
—¡Karina! —Valentín agarró el carrito—. ¿Por qué me tratas así, tan distante?
—Estos días la he pasado muy mal… Antes, cuando estaba triste, tú hacías de todo para alegrarme…
Karina tiró del carrito, la molestia reflejada en la mirada.
—¿Y a mí qué me importa tu sufrimiento? ¡Déjame en paz y mantente lejos!
Estaba lo bastante alterada como para no tener paciencia ni ganas de discutir.
Fue directo a la caja, pero Valentín se adelantó y pagó con su celular antes de que pudiera detenerlo.
Karina estaba a punto de replicar cuando una figura llegó corriendo.
—¡Valentín, ya déjala en paz!
Belén apareció de pronto, interponiéndose como una madre que protege a su cría, mirando con furia a Valentín.
—¿No entiendes que ya la lastimaste bastante? ¿No te cansas de molestar a Kari?

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