Karina de inmediato le dijo a Bárbara:
—Mi esposo me está llamando, Bárbara, yo me voy primero.
Bárbara, por puro reflejo, miró hacia adentro; sólo alcanzó a ver la luz del pasillo encendida, pero no distinguió a nadie.
Rápido detuvo a Karina.
—Karina, vivimos tan cerca, ¿por qué no vienes un día con tu esposo a la casa? De verdad, no tienes que ser tan formal conmigo.
—Claro.
Karina asintió y se apresuró a entrar.
Belén, que iba montada en su patín eléctrico, se lanzó tras ella a toda velocidad.
Lázaro permanecía en la entrada del elevador, con una mano deteniendo la puerta para que no se cerrara, esperando a las dos.
Cuando la puerta del elevador se cerró, Karina no pudo contenerse y soltó una risa mientras miraba a Belén.
Belén la vio con extrañeza.
—¿De qué te ríes?
—¡Hoy te veías increíble!
Karina la elogió con toda sinceridad:
—En serio, deberías enseñarme cómo dar cachetadas. Cuando yo intento hacerlo, parece que nada más estoy haciendo cosquillas, no tengo fuerza para esas cosas.
Nada que ver con Belén: con la primera cachetada, la cara de Diana se había hinchado un montón.
Y después de las siguientes, la pobre ni la cara podía mostrar.
Belén levantó las cejas, orgullosa.
—Desde chica hago trabajos pesados, no cualquiera aguanta una de mis cachetadas. Cuando quieras que le dé una a alguien, me avisas y yo me encargo.
—Así tampoco —Karina negó con la cabeza—. Estas cosas hay que hacerlas uno mismo para que de verdad se sienta bien. Mejor enséñame la técnica.
De pronto, Lázaro intervino:
—Al rato yo te enseño.
Belén no perdió la oportunidad de empujarle el hombro a Karina, guiñándole el ojo con complicidad.
—¿Ya escuchaste? Deja que tu esposo te enseñe, él sí que es fuerte, mucho más que yo.
Si Lázaro daba una cachetada, seguro desmayaba a cualquiera.
En ese momento, sonó el timbre del elevador y la puerta se abrió.
Belén salió deslizándose con todo el estilo y se despidió agitando la mano.
—Nos vemos mañana.
El elevador siguió subiendo hasta llegar a su departamento.
Karina, mientras se quitaba los zapatos, comentó al aire:
...
Esa noche, Karina volvió a desvelarse en el estudio, trabajando hasta la madrugada.
Arrastrándose de cansancio, entró al cuarto y escuchó que se abría la puerta del gimnasio de al lado.
Lázaro salió, empapado en sudor después de un entrenamiento intenso. Sus músculos se marcaban bajo la luz cálida, haciéndolo ver aún más atractivo.
El calor de su cuerpo llenó el ambiente.
—¿Quieres que nos demos un baño juntos? —le propuso con un tono seductor, la voz un tanto áspera.
Karina ni lo pensó.
—No, ya estoy muerta de sueño, mejor tú solo.
No tenía energía para seguirle el ritmo.
Ese hombre nunca se cansaba; todo el día entrenando en la estación, llegando a casa directo al gimnasio y todavía le quedaban ganas para más.
De otro mundo.
Lázaro se bañó rápido, regresó, destapó la cama y, desde atrás, abrazó a Karina, que ya se estaba quedando dormida.
Dudó un momento, pero al final no pudo evitar preguntar:
—Oye, amor, ¿hace cuánto que no te baja?

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