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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 420

El corazón de Karina sintió como si algo la hubiera golpeado con fuerza, dejándola temblando por dentro.

Lázaro pareció recordar algo. Se inclinó y bajó del carro, tomó un sobre de documentos del asiento trasero y se lo entregó.

—Ah, por cierto, esto es para ti.

—Este carro, y también el departamento, ya están a tu nombre.

—Aquí tienes las escrituras y el título de propiedad, guárdalos bien.

Karina sujetó el sobre, sintiendo que el pecho se le llenaba de una calidez inesperada. Una mezcla de emoción y ternura le subió hasta los ojos, empañando su vista.

Desde pequeña, había recibido regalos incontables. Había tenido de todo: cosas más caras, más grandes, más lujosas.

Pero ninguna de esas cosas la había hecho sentir lo que sentía en ese instante: como si su corazón estuviera envuelto en una manta suave y cálida.

Esto no era solo un regalo. Era una promesa. Un hogar.

Lázaro se lo daba todo, sin reservas, con la intención clara de quedarse a su lado para siempre.

Para darle un “regalo de compromiso” que no envidiara el de nadie, seguramente había vendido todo lo valioso que tenía.

Ese hombre, tan genuino, parecía hasta ingenuo por su sinceridad.

Y ella, en cambio, seguía arrastrando dudas y miedos, incapaz de abrirse por completo.

Karina sintió un nudo en la garganta.

—¿De verdad me diste todo lo que tienes? ¿Confías así en mí?

Lázaro notó sus ojos enrojecidos y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella, transmitiéndole su calor.

Recargado con toda calma en el asiento, soltó con un tono relajado, medio descarado:

—¿Qué querías que hiciera? Ahora, fuera de mi sueldo mensual, no me queda ni un peso.

Apretó suavemente sus dedos, y la miró directo a los ojos.

—Si a mitad del camino decides dejarme... entonces estos años habrán sido en vano.

—Y ni modo, tocará que te aguantes y me mantengas.

Karina no pudo evitar soltar una carcajada ante su seguridad, y de inmediato la tristeza cedió su lugar a una dulce felicidad.

Ella le sostuvo la mano con fuerza y, muy seria, dijo:

—Tranquilo. Mientras no me engañes ni me hagas daño, yo voy a quedarme contigo y a cuidar de nuestra casa.

Al escuchar la palabra “engaño”, Lázaro vaciló apenas un instante.

—En el equipo nos dan las tres comidas al día. Casi no gasto. Y los que ya están casados, sus esposas solo les dan quinientos de gasto cada mes.

Karina no pudo más que resignarse y le transfirió los quinientos.

Apenas sonó el —ding— de la notificación, Lázaro recibió el dinero y su cara de satisfacción era la de un hombre que acababa de guardar su propio fondo secreto.

De reojo, Karina notó algo en la pantalla del celular de Lázaro cuando confirmó el depósito.

El saldo total era de 500.13 pesos.

Karina no dijo nada. Solo miró a ese hombre a su lado, con una mirada profunda.

...

Al subir al departamento, Karina notó que el labial se le había corrido, así que fue directo a retocarse.

En el amplio departamento, todos platicaban animados. El ambiente estaba lleno de alegría y risas.

No había pasado mucho tiempo desde que llegaron cuando, de pronto, sonó el timbre.

Karina era la que estaba más cerca de la puerta, así que fue a abrir.

Y al ver quién estaba afuera, se quedó completamente pasmada.

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