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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 425

Los dedos de Karina se detuvieron apenas un instante sobre el teclado.

Sabrina tenía un nuevo movimiento.

Y el único que podía imaginarse era ese: quería eliminarla por completo antes de que iniciara la competencia.

Así, Fátima podría participar con su sistema sin ninguna preocupación.

Karina intentó tranquilizarse y respondió: —No te preocupes, siempre ando con mis guardaespaldas. No va a pasar nada.

Durante todo ese día, Lázaro no volvió a casa.

Mario le envió un mensaje:

[El señor Lázaro me pidió que le avisara a la señora que anda con unos pendientes en la base militar, que probablemente hoy no regrese, y que descanse temprano.]

Al ver el mensaje, Karina sintió cómo ese malestar inexplicable, que ya la venía molestando, se intensificaba de repente.

Decidió entonces volcar toda su atención en el trabajo.

Pasó otro día.

Lunes, temprano por la mañana.

Karina salió rumbo al hospital acompañada de Belén.

Las palabras de Hugo no dejaban de rondarle en la cabeza.

Por precaución, esta vez llevó consigo a dos guardaespaldas más.

El doctor que había reservado era el internista más famoso de Villa Quechua, de apellido Quiroz.

Desde siempre, el doctor Quiroz se había encargado de su problema de estómago; nadie conocía mejor que él su estado de salud.

Al verla, el doctor Quiroz le dedicó una sonrisa cálida y preguntó:

—Cuéntame, ¿qué molestias tienes?

Karina describió sus síntomas. El doctor la escuchó con atención, ajustó sus lentes y, de pronto, hizo una pregunta que no tenía nada que ver con lo anterior.

—¿Cuándo fue la última vez que estuviste con tu esposo?

Karina bajó la voz, nerviosa:

—Nosotros... siempre usamos protección.

—La protección nunca es cien por ciento segura —comentó el doctor, y tras una breve pausa, insistió—: ¿Cuándo fue la última vez?

Karina sintió que las orejas le ardían.

—Hace unos días.

El doctor tecleó algo en la computadora, la miró y le dijo con seriedad:

—Tus síntomas me hacen pensar que podrías estar embarazada.

—Pero, para estar seguros, tenemos que esperar los resultados del análisis de sangre.

Los cuatro guardaespaldas la siguieron al instante. Al entrar ella, se acomodaron como estatuas a la entrada del baño de mujeres, sin mostrar emoción alguna.

Dentro del baño reinaba el silencio.

Karina abrió la puerta del cubículo y luego se acercó al lavabo para lavarse las manos.

En ese momento, una empleada de intendencia empujó un carrito de basura del tamaño de media persona hacia adentro.

Karina no le prestó atención, pensando que era una de las encargadas de limpieza.

Sacó una toalla de papel, se secó las manos con calma, y al levantar la vista hacia el espejo...

Vio a la empleada justo detrás de ella.

Era una figura alta y delgada, piel morena, llevaba una gorra y una mascarilla que le cubría casi todo el rostro, dejando solo los ojos a la vista.

¿Qué clase de mirada era esa?

Oscura, cruel, con un brillo que helaba la sangre, como si buscara pelea.

El corazón de Karina dio un vuelco.

Las palabras de Hugo estallaron en su mente: “Alto, delgado, piel algo morena, pelo corto, se ve como alguien peligroso.”

Casi por instinto, Karina giró para huir y gritó con todas sus fuerzas.

—¡Por favor, ayu... mmm!

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