En cuanto se dio la orden, la ciudad entera despertó como una bestia gigante, enseñando de golpe sus colmillos afilados.
En el aeropuerto, varios vuelos internacionales a punto de despegar fueron detenidos de emergencia. Los pasajeros, llenos de asombro, miraban cómo equipos de policías especiales armados y acompañados de perros rastreadores irrumpían en las cabinas, revisando cada rincón sin dejar un solo espacio sin inspeccionar.
En la estación de tren, todos los servicios se encontraban retrasados. En las pantallas electrónicas parpadeaba en rojo la palabra “restringido”. La multitud se amontonaba afuera, separada por líneas de precaución colocadas por la policía.
En el muelle, el eco de las bocinas era ensordecedor. Todos los barcos de carga y cruceros a punto de zarpar recibieron la orden de regresar para ser revisados minuciosamente por la guardia costera.
En el cielo, los helicópteros policiales rugían con fuerza, mientras decenas de drones volaban bajo, vigilando cada calle y avenida de la ciudad.
En ese instante, Karina yacía inconsciente en la cajuela de una camioneta.
Tenía manos y pies atados, la boca cubierta con cinta, y seguía sin recobrar el conocimiento.
El carro frenó de golpe, atascado en una carretera de montaña llena de tráfico.
En el asiento del conductor, Clara, una mujer delgada y alta, entrecerró los ojos con incredulidad al ver la interminable fila de carros y las luces de la policía titilando a lo lejos.
Varios conductores ya habían bajado de sus carros y miraban hacia el cielo, platicando entre ellos.
—Oye, ¿qué está pasando? ¿Por qué hay tantos helicópteros y drones allá arriba?
—[En redes sociales dicen que hasta el aeropuerto y la estación de tren están parados. ¿Será que va a empezar una guerra o qué?]
—¡Nada que ver con guerra! Aunque hubiera, ni de chiste llegaría hasta Villa Quechua. Yo escuché que es una redada enorme, están buscando a alguien súper importante.
—¿A poco sí? ¿Y quién puede ser tan importante para que monten tanto show? ¡A menos que se haya perdido un príncipe de algún país!
—Acabo de escuchar en la radio que cerraron todas las salidas de la ciudad, ¡hasta están revisando las alcantarillas! Ya se pasaron.
—[...]
Desde dentro del carro, Clara escuchaba los comentarios y su cara se ponía más seria con cada palabra.
Solo había secuestrado a la hija de un rico, ¿cómo era posible que hasta el ejército se movilizara por eso?
Giró de golpe la cabeza y, bajando la voz, le reclamó al hombre que iba en el asiento trasero.
—¿Quién es realmente esta mujer? ¡No me digas que tiene algún tipo de protección política!
El hombre en el asiento trasero era Damián. El miedo lo hacía encogerse cada vez más.
—¿Protección política? ¡¿De dónde va a sacar eso?! No es nada de eso, es solo una niña rica que no sirve para nada.
—Seguro sus guardaespaldas se dieron cuenta que desapareció y por eso armaron tanto escándalo.
Cada vez hablaba más alterado, aferrándose con fuerza al respaldo del asiento delantero.
—Ponte bien la gorra y el cubrebocas. No dejes que los drones capten tu cara.
Damián se estremeció, se ajustó con nerviosismo la gorra y la mascarilla, hundió la cabeza y ya no se atrevió a mirar hacia arriba.
Clara apagó el motor, tocó el auricular bluetooth en su oreja y habló rápidamente en un idioma extraño.
Tras unos segundos, cortó la comunicación y su mirada se volvió decidida.
—Bájate, sígueme.
Justo en ese momento, un dron sobrevoló la zona.
Clara miró a todos lados con cautela antes de abrir la puerta, cargó a Karina sobre los hombros y salió corriendo hacia un sendero entre la maleza al borde de la carretera.
¡Pensaba cruzar la montaña cargando a Karina!
No habían avanzado mucho cuando Damián, acostumbrado a la comodidad, ya no podía ni respirar.
—No... no puedo más... me estoy ahogando...
Clara, con Karina a cuestas, apenas y jadeaba.
—Si no quieres acabar muerto, muévete y cruza la montaña conmigo.

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