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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 430

Ocho largas horas pasaron.

Cuando por fin llegaron al punto de encuentro, Damián apenas subió a la camioneta todo terreno, se desmayó al instante, con los ojos en blanco.

Clara, en cambio, solo tenía la frente sudada.

Dejó caer a Karina en el asiento trasero y, mientras mordía un pan y bebía agua, le dio órdenes al conductor.

—Dale un poco de agua a esa mujer, no vayas a dejar que se desmaye.

La camioneta avanzaba a toda velocidad por el lodoso camino de montaña, rumbo a la frontera.

...

Cuando Karina volvió en sí, sintió un dolor intenso en todo el cuerpo.

La cabeza le pesaba como si le hubieran llenado el cráneo de plomo.

Todo estaba oscuro y hacía un calor insoportable.

Intentó moverse y notó que tenía las muñecas y los tobillos atados hacia atrás. El sudor había aflojado la cinta adhesiva de la boca.

El ruido del motor era ensordecedor, mezclado con el chapoteo de agua.

Su cuerpo se sacudía rítmicamente.

¡Estaba en una lancha!

Ese pensamiento le hizo latir el corazón con fuerza, el miedo le recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica.

Desde afuera se escuchaban voces.

El acento era raro, imposible de entender, parecido a algún dialecto del sur de Sierra Negra.

Karina se obligó a tranquilizarse y movió las muñecas, intentando soltarse primero de las ataduras.

Pero cada intento provocaba un ruido, como si todo alrededor ofreciera resistencia.

De pronto, la tapa encima de su cabeza se abrió de golpe.

Una ráfaga de luz la deslumbró, junto con una bocanada de aire húmedo y pegajoso.

Karina instintivamente cerró los ojos.

Fue entonces que se dio cuenta: estaba encerrada en una caja. Y… esto definitivamente ya no era su país.

En esa época del año, allá nunca hacía semejante calor.

El hombre que abrió la caja tenía la piel oscura. Solo le lanzó una mirada indiferente y luego gritó algo en ese mismo dialecto extraño.

De inmediato, una mujer alta y delgada se agachó, mirándola con dureza.

Karina levantó la cabeza con dificultad.

¡Era ella!

¡La misma que la había dejado inconsciente!

Reconocía esos ojos.

Aunque ahora vestía ropa ceñida y práctica, y tenía la cabeza y la boca cubiertas con un pañuelo colorido, los ojos seguían siendo igual de filosos, llenos de una violencia contenida.

La mujer extendió la mano, envuelta en tiras de tela áspera.

Sin previo aviso, le apretó la mandíbula con fuerza.

Karina arrugó la frente por el dolor y se echó hacia atrás, pero fue inútil, solo consiguió lastimarse más.

La mujer examinó su cara de un lado a otro y soltó una mueca despectiva.

—Sí que tienes la piel suave, con razón te quieren viva.

Si no comía algo, no tendría fuerzas para intentar escapar.

Además, estaba segura de que Damián no tenía el valor ni la capacidad para organizar un secuestro al extranjero; claramente, él solo era un peón. La verdadera amenaza era esa mujer.

Clara volteó hacia Damián.

—¿Tiene problemas de estómago?

Damián frunció el ceño.

—Creo que sí, algo escuché.

Luego resopló, impaciente.

—Dale de comer, ¿cuánto falta para llegar?

Clara, sin ocultar su molestia, tomó un pan seco de sus compañeros y lo abrió de un tirón, empujándolo a la boca de Karina.

—¡Come rápido! En menos de media hora llegamos.

Karina, sin preocuparse por nada más, devoró el pan a toda prisa.

Estaba tan seco que casi se atraganta, así que apenas tragó, pidió:

—Necesito agua.

Clara, molesta, destapó una botella y le hizo beber dos tragos.

Karina, jadeando, insistió:

—Hace mucho calor, déjenme quitarme la chaqueta.

Siguió tanteando los límites de la mujer, buscando algún descuido.

Pero la paciencia de Clara se agotó rápido. Solo se aseguró de que Karina no muriera, luego le metió el trapo en la boca y cerró la tapa de la caja de golpe.

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