Karina Leyva, por puro instinto, levantó la mano para cubrirse los ojos.
En la puerta, el hombre habló con alguien en un dialecto que ella no pudo entender.
Poco después, una figura encorvada entró en la habitación.
Se trataba de una anciana; en una mano llevaba una charola y en la otra una linterna.
—Señorita, ven, come algo primero —dijo la anciana, dejando la charola sobre la mesa.
Karina la miró con desconfianza, su cuerpo tenso, sin moverse ni un centímetro.
La anciana pareció leer sus pensamientos.
—No te preocupes, esto no tiene droga. Todo lo preparé yo, está limpio, puedes confiar.
Hizo una pausa y su tono se volvió más áspero:
—Si no comes bien, ¿cómo vas a tener fuerzas para atender a Iván? A Iván no le gustan las mujeres que no obedecen.
Karina sintió cómo su estómago le daba un tirón doloroso.
En ese momento, pensó que mientras siguiera viva, todo lo demás salía sobrando.
Se apoyó en la pared y, tambaleándose, fue hasta la mesa.
En la charola había un tazón de avena y dos panes duros, tan resecos que parecían piedras.
Tomó el tazón y bebió grandes sorbos, sin detenerse. Luego agarró el pan y lo fue devorando a mordidas, como si el miedo pudiera tragarse también.
Le dolía tragar, la garganta le ardía, pero eso era mejor que sentir el estómago vacío y perder la fuerza para moverse.
Cuando terminó de comer, la anciana colgó la linterna en un clavo en la pared, iluminando mucho más la habitación.
Se acercó a un enorme balde de agua, miró hacia atrás y dijo:
—Ven, lávate y ponte esta ropa.
Karina no se movió.
La voz de la anciana se tornó amenazante, como si cada palabra pesara:
—Iván ya regresó y trae un invitado importante. Solo puedo darte diez minutos más.
—Si sigues toda sucia como ahora, haré que te den droga. Una vez que te la den, ni la Virgen te salva de hacer lo que te pidan.
—Señorita, haz caso, así sufres menos.
Karina tragó saliva, sintiendo la garganta como si le estuviera ardiendo. Ese dolor la mantenía alerta, con la mente clara.
—Está bien, me lavo yo sola. Salte, por favor.
La anciana, satisfecha con su respuesta, recogió la charola y salió sin más.
—Si logras darle un hijo a Iván, te quedarás aquí para siempre como mi nuera.
El estómago de Karina se revolvió con fuerza, sintiendo náuseas tan intensas que casi no pudo contenerlas.
Pero la anciana, como si no notara lo pálida que estaba Karina, le tomó la mano con familiaridad, la pasó por su propio brazo y la guio hacia la puerta.
Ya era de noche, y la oscuridad se extendía bajo el parpadeo de las sombras de los árboles.
A lo lejos, una casa de madera se veía iluminada, como si la fiesta estuviera a punto de empezar.
Antes de que pudieran acercarse, un grupo de hombres armados se les cruzó, rodeándolas de inmediato.
Hablaban en dialecto, pero sus miradas, descaradas y hambrientas, recorrían el cuerpo de Karina sin pudor.
La tela que llevaba puesta apenas la cubría; cruzaba el pecho desde un hombro y caía hasta los tobillos, con un lado del hombro y el brazo completamente descubiertos, dejando a la vista mucha piel, tan blanca que parecía brillar en la penumbra.
Karina trató de jalar la tela sobre su pecho, pero no sirvió de nada; al contrario, las carcajadas de los hombres retumbaron aún más.
La anciana les gritó con fuerza y les hizo señas para que se apartaran. Solo entonces, de mala gana, abrieron paso.
Sin soltar a Karina, la condujo directo a la casa más iluminada.
La puerta se abrió de golpe y Karina fue empujada hacia adentro, perdiendo el equilibrio y cayendo al piso.
Al levantar la vista y ver al hombre que estaba sentado dentro, sus ojos se abrieron de par en par, incrédula, paralizada por la sorpresa.

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