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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 450

Él le gritó lleno de rabia a esa silueta alta que se alejaba, forcejeando con todas sus fuerzas para zafarse del agarre que lo mantenía inmóvil. Quería lanzarse como loco a perseguirlo, pero los soldados de élite lo detenían con una fuerza inquebrantable.

Uno de esos soldados, detrás de sus gafas protectoras, lo miró con una expresión imperturbable, tan seco que ni siquiera se molestó en explicar nada; su voz llevaba el peso de una orden que no permitía objeciones.

—Señor Valentín, le pido que coopere. Salga de inmediato junto con los demás rehenes.

Valentín miró cómo esa figura imponente se alejaba cargando a la mujer que amaba. Sintió que le arrancaban un pedazo del corazón.

—¡Karina fue a quien yo salvé! ¡Si alguien tiene que llevársela, ese debería ser yo!

—¿Con qué derecho me impiden acercarme? ¡Devuélvanmela!

Gritaba como si estuviera poseído, con los ojos enrojecidos y la voz desgarrada por la desesperación.

Uno de los soldados, al fin, no pudo más y le habló con un tono cortante.

—Señor Valentín, si no fuera por nosotros, tal vez ni siquiera usted habría salido con vida de aquí.

El cuerpo de Valentín se quedó congelado en pleno forcejeo.

Clavó la mirada, desolado, en la dirección por donde habían desaparecido los dos, con los ojos cargados de impotencia.

¿Por qué?

Él había arriesgado la vida, había entrado solo a ese infierno para rescatarla.

Él era quien debía estar cargándola en brazos, alejándola de ese lugar.

Entonces, ¿por qué ella lograba mantenerse serena frente a él, pero en los brazos de ese otro hombre se permitía dejar caer toda su fachada y mostrarse vulnerable?

¿Acaso, en el corazón de Karina... ya no quedaba ni el más mínimo espacio para él?

Esa idea lo consumía por dentro, mordiéndolo tan hondo que apenas podía mantenerse en pie.

...

Al otro lado.

Karina iba entre los brazos de Lázaro, y el solo respirar el aroma de él le devolvía la calma.

Ahora que por fin todo había terminado, la tensión que la mantenía rígida se desvaneció y el cansancio se la vino encima como una ola gigantesca.

Ya no pudo resistir más. Su cabeza cayó a un costado, y se desmayó profundamente.

En cuanto sintió el peso de su cuerpo cediendo, Lázaro liberó una mano para sostenerle la nuca con delicadeza.

Bajó la mirada y vio el rostro pálido de la mujer en sus brazos. Entonces, apuró el paso, atravesando el campo con zancadas largas y decididas.

Pero Karina, incluso inconsciente, no soltaba la camisa de Lázaro. Sus dedos se aferraban con fuerza y el ceño apretado mostraba lo insegura que se sentía.

Lázaro se quedó dudando.

En ese momento, Mario llegó corriendo, jadeando de ansiedad.

—¡Tigre Blanco! ¡Otra tanda de narcos se fue por el camino del rancho falso! ¡El jefe de operaciones pide apoyo inmediato!

Los ojos de Lázaro, profundos como un pozo sin fondo, se clavaron en la mujer que seguía aferrada a él con desesperación.

Con mucha suavidad, empezó a soltar sus dedos uno por uno.

Se inclinó, y con voz grave, le murmuró al oído:

—Espérame. Voy a volver.

En el instante siguiente, la entregó a la soldado que venía en su auxilio. Su voz se tornó tan dura y firme como el acero.

—¡Llévatela!

Dicho esto, giró sobre sus talones y, sin mirar atrás, dirigió a su grupo de nuevo hacia la jungla oscura, listo para enfrentar la batalla una vez más.

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