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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 468

Belén se quedó paralizada, con la mirada perdida y un repentino aire de culpa en el rostro.

¿Será que fui demasiado obvia con mi pregunta?

Empezó a jugar nerviosa con sus dedos, buscando una respuesta, cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Lázaro entró llevando puestos unos pantalones y una camisa negra, como si acabara de salir de una sesión de entrenamiento, y traía varias bolsas con la cena.

Desde la puerta se escuchó la voz de Mario:

[—Señorita Belén, ¿nos vamos?]

Belén saltó de la silla como si le hubieran puesto un resorte.

—Kari, quedé con Mario de irme a dar una vuelta por la Avenida Brisa Suave. ¿Quieres que te traiga algo? ¿Se te antoja algo?

Karina sintió la cabeza revuelta y frunció el ceño.

—No, no hace falta. Pero no te vayas lejos, ¿sí? Ya sabes que por aquí no es tan seguro.

—Ay, no te preocupes, Mario me cuida, no pasa nada.

Belén salió disparada de la habitación como si le quemaran los pies, y hasta tuvo la cortesía de cerrar la puerta tras de sí.

Karina no pudo dejar de fruncir el ceño, como si una nube no se despejara en su frente.

Lázaro acomodó con calma los recipientes de comida sobre la mesa y destapó cada uno con destreza.

Al notar el ánimo decaído de Karina, levantó la mirada, confundido.

—¿Qué tienes? ¿Te cansaste mucho hoy?

Karina lo miró fijamente, con una seriedad que no era habitual en ella.

—¿Estoy embarazada?

Las manos de Lázaro, que estaban abriendo un recipiente, se detuvieron en seco.

Sintió un nudo en la garganta y evitó mirarla a los ojos, como si lo hubieran atrapado mintiendo.

Rápido desvió la mirada y siguió acomodando los cubiertos, fingiendo tranquilidad.

—Ven, vamos a cenar primero.

Su evasión solo hizo que Karina frunciera más el entrecejo.

Sin darse cuenta, llevó una mano a su vientre plano.

¿Será posible que… aquí dentro ya haya una vida creciendo?

El pensamiento la descolocó por completo, sumiéndola en una confusión que no sabía cómo manejar.

Lázaro la miró de reojo. Ella tenía la cabeza baja, el ceño profundo y una expresión que mezclaba sorpresa con una pizca de rechazo.

Exhaló con fuerza, dándose golpecitos en el pecho.

—Por poco me muero del susto… Menos mal que no estoy embarazada.

Lázaro la miró con atención mientras ella dejaba escapar su alivio, y su propio ceño se marcó con preocupación.

Solo podía esperar que, cuando llegara el día de mostrarle la ecografía y viera a esos pequeños en la pantalla, Karina decidiera quedarse con ellos.

Sin soltarla, la llevó hasta la mesa.

Con voz grave, le habló:

—Vamos a cenar.

...

Todavía no amanecía cuando Lázaro se levantó de la cama.

Se movía despacio, procurando no hacer ruido, pero Karina despertó de todos modos.

Abrió los ojos y lo vio, con el pantalón a medio poner, tratando de no hacer ningún movimiento brusco.

Ella estiró la mano y lo detuvo del borde de la camisa.

—¿Te vas otra vez de misión? —su voz era ronca, recién salida del sueño.

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