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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 501

En cuanto contestó, la voz cálida de Sergio Lucero se escuchó al otro lado de la línea.

—Karina, ¡felicidades por ganar el oro en la Copa Invención! Me siento muy orgulloso de ti.

—Gracias, señor Sergio —respondió Karina, con un tono tan neutro que era imposible adivinar lo que pensaba.

—Mira, la verdad es que quería platicar contigo sobre el sistema AeroVista. ¿Cuándo tendrías tiempo para salir y vernos un rato?

Karina arqueó una ceja.

Vaya, qué pretexto tan elegante se había sacado de la manga.

Hasta con los ojos cerrados podía adivinar que lo de AeroVista era solo una excusa. Sergio solo quería verla por culpa de su hijastra.

—Disculpe, señor Sergio, pero este mes estoy a tope preparando el examen de ingreso a la maestría. Se me complica mucho salir estos días.

—Ay, no te quito nada de tiempo —insistió Sergio, ahora con un tono más apurado—. Si de plano no puedes salir, yo paso a tu casa. Igual y aún no lo sabes, pero AeroVista está siendo un boom internacional. ¡Hasta el presidente ha mostrado interés! Yo, aprovechando que nos llevamos bien, pues me animé a pedirte esto.

Ya viendo hasta dónde había llegado, Karina entendió que el hombre no iba a rendirse hasta verla.

No le quedó más que buscar una salida.

—Hagamos esto, señor Sergio. Más tarde le regreso la llamada.

—Perfecto, aquí estaré esperando.

Colgó y Karina frunció el ceño, sintiendo cómo el malestar le subía por la espalda.

En ese momento, la puerta del baño se abrió.

Lázaro salió solo con una toalla amarrada a la cintura, el torso desnudo, los músculos marcados y el cabello aún chorreando agua.

Pasó a su lado y preguntó:

—¿Quién te llamó?

Por instinto, Karina estuvo a punto de responder, pero justo antes de abrir la boca recordó los secretos que él le escondía.

¿Y por qué ella debía contarle todo, si él solo la mantenía en la oscuridad?

Levantó la barbilla, mirándolo desafiante.

—No te pienso decir.

Tal como esperaba, a Lázaro se le marcaron las arrugas del enojo en la frente.

Verle así le dio una sensación de triunfo.

Entonces le preguntó:

Karina lo miró de cerca, tan serio y tan cerca que por un momento se olvidó de respirar.

—Lázaro, ¿no tienes nada que decirme?

Él se quedó quieto un segundo. Luego, bajó la cabeza y le dio un beso suave en los labios.

—Felicidades a mi esposa por ese premio de oro.

—Ayer estuve ocupado, pero hoy en la noche yo mismo voy a cocinar para celebrar contigo. Te lo prometo.

Karina arrugó la frente.

—¿Solo eso? ¿Nada más?

Lázaro se quedó pensando, como si de veras no se le ocurriera nada más. Tomó su mano para sacarla del cuarto.

—Vámonos, a desayunar.

Pero Karina retiró la mano de golpe.

Lo miró directo a los ojos. Todo el calor que traía dentro se fue evaporando, y una expresión impasible ocupó su lugar.

—Lázaro, estoy embarazada.

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