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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 502

El aire pareció quedarse suspendido en ese instante.

Lázaro se quedó completamente tieso, un escalofrío recorrió su cuerpo y una inquietud repentina se le instaló en el pecho. No podía dejar de mirarla, los nervios lo tenían al borde.

Al notar su reacción, Karina apenas curvó los labios en una sonrisa cargada de ironía.

—¿Desde hace cuánto lo sabes? —preguntó, su voz tan tranquila que resultaba imposible adivinar lo que sentía en realidad—. ¿Te parece divertido esconderme algo así?

A Lázaro se le desmoronó la seguridad. De inmediato, balbuceó, intentando explicarse:

—¡No es eso! Amor, yo... yo tenía miedo... Pensé que si te enterabas, ibas a querer perder al bebé...

Karina se quedó inmóvil.

¿Perder al bebé?

Eso sí que le dio risa, una risa amarga que no pudo reprimir.

—¿En serio crees que yo haría algo así? —preguntó, sin molestarse en ocultar su desconcierto.

Lázaro apretó los labios, dudando todavía, pero la desesperación en sus ojos fue reemplazada pronto por una chispa de esperanza. Preguntó con voz baja, como si temiera la respuesta:

—Entonces... ¿no piensas perderlos, cierto?

Karina no le contestó. Se deshizo de su cercanía con un leve empujón y se levantó, dirigiéndose directo al baño.

Lázaro la siguió de inmediato, pero Karina le cerró la puerta en la cara con un portazo.

Frente al espejo, Karina se contempló, con la rabia ardiéndole en el pecho.

Siempre había estado reacia a la idea de embarazarse. Pero si llegaba a suceder, ese bebé sería su sangre, su familia. ¿Cómo podría, siquiera en su peor momento, pensar en hacerle daño?

Hasta ese momento, había pensado que Lázaro guardaba el secreto para sorprenderla con la noticia, tal vez preparar algún regalo especial.

Pero no... Nada de eso.

Él simplemente tenía miedo. Temía que ella fuera capaz de deshacerse de su propio hijo.

¿Tanto desconfiaba de ella? ¿En verdad la veía como alguien capaz de semejante crueldad?

Afuera, la voz de Lázaro, cargada de culpa y desorientación, se filtró por la puerta:

—Amor, me equivoqué. Por favor, no te enojes, ¿sí?

La doctora principal era una mujer famosa en los círculos de la alta sociedad, tan solicitada que sus citas estaban agotadas durante los próximos tres meses.

Obviamente, Lázaro había movido varios contactos para conseguir un espacio esa mañana.

Aun así, cuando llegaron, había otra persona delante de ellos en la sala de espera.

Karina, sentada en el sillón, mantenía la mirada firme y el gesto serio, sin pronunciar palabra. Lázaro, sabiendo que no tenía la menor autoridad moral, se mantuvo con la actitud más humilde posible.

Llevaba en un brazo la bolsa de edición limitada de Karina, y en la otra mano, su bufanda de lana. Apenas Karina se acomodó en el sofá, él se inclinó y le susurró:

—¿Tienes calor? ¿Quieres quitarte el saco?

Afuera el frío calaba los huesos, pero adentro, la calefacción hacía que la ropa gruesa resultara molesta.

Karina se quitó el abrigo y Lázaro lo tomó de inmediato, lo dobló con cuidado y lo abrazó junto con el resto de sus cosas.

Verlo ahí, con sus casi un metro noventa de altura, cargando el bolso, la bufanda y el abrigo de su esposa, era una imagen tan extraña como enternecedora: un tipo fuerte convertido, al menos por ese momento, en el asistente personal más atento de todos.

...

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