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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 503

Incluso el personal que entró a dejar las bebidas preparadas no pudo evitar echarle un par de miradas a Lázaro. Apenas salieron, comenzaron a hablar en voz baja con sus compañeros.

—¡Dios mío! ¿Viste al tipo que está adentro? Está guapísimo, parece que lleva la seducción en la piel.

—¿Y de qué le sirve ser tan guapo? De todos modos, se nota que es de los que hacen todo lo que la esposa dice. ¿Ya viste cómo la atiende?

—La esposa sí que tuvo suerte. Además de estar tan bonita, tiene a un hombre así de atractivo y atento a su lado.

—A mí se me hace que es un mantenido. Si no, ¿por qué un hombre tan perfecto se vería tan... sumiso?

—...

Karina no podía escuchar lo que murmuraban, pero no le pasó desapercibida la manera en que la miraban, llenas de chismes y envidia.

Sin saber bien por qué, aquella molestia que sentía se disipó un poco.

Lázaro, después de todo, era alguien importante en la comunidad; no podía permitir que lo vieran como alguien que sólo vivía a costa de su esposa.

Por fin abrió la boca:

—Deja las cosas ahí, tómate un vaso de agua y descansa un rato.

Los ojos de Lázaro se encendieron al instante. La sorpresa se le dibujó en el rostro, como si acabara de recibir el perdón más grande del mundo.

Sin dudarlo, se sentó junto a Karina, la tomó de la mano y la apretó con fuerza. Su voz, profunda y cálida, dejó entrever cierto tono suplicante.

—¿Ya no estás enojada, amor?

Karina bufó, a punto de soltarle la mano, pero justo en ese instante, la puerta del consultorio se abrió de golpe.

Una figura elegante, vestida con un traje de diseñador, salió del interior. Enseguida, se escuchó una voz refinada y muy familiar.

—Entonces regreso en unos días.

Karina volteó y se quedó pasmada.

¡Era Bárbara Olmos!

Bárbara también la vio. Por un momento, sus miradas se encontraron y, de manera casi automática, Bárbara esbozó una sonrisa. Pero en el instante en que sus ojos se posaron sobre el hombre a un lado de Karina, la sonrisa se le congeló en el rostro.

Aquel hombre que tantas veces había soñado y que siempre la trataba con distancia, ahora estaba pegado a Karina, apretándole la mano, inclinándose hacia ella con ese cuerpo grande y fuerte. Y, lo más impactante, en esa mirada profunda se asomaba algo... algo que nunca había visto: una mezcla de vulnerabilidad y deseo de agradar.

Bárbara se quedó petrificada, como si le hubieran soltado una descarga eléctrica. El color desapareció de su cara, y sólo quedó un gesto de asombro e incredulidad.

Karina, incómoda, retiró su mano de la de Lázaro y se puso de pie rápidamente.

¿Qué relación había entre todo esto?

Durante todo ese tiempo, los ojos de Lázaro sólo tenían espacio para Karina.

Al verla de pie, él también se levantó, y de nuevo le tomó la mano, agitándola levemente, como un niño que busca disculparse, sin importarle quién estuviera presente.

—Amor, ¿ya en serio no te vas a enojar?

Karina ya no sabía cómo manejarlo. Le apretó la mano de vuelta y, en voz baja, le susurró:

—Está bien, ya no estoy enojada. Pero compórtate, ¿sí?

Lázaro sonrió satisfecho y asintió con docilidad.

Karina, aliviada, le sostuvo la mano y se acercó a Bárbara para presentarlos.

—Bárbara, él es mi esposo, Lázaro. Lázaro, ella es Bárbara, una amiga mía.

Bárbara, mirando aquel rostro tan familiar, extendió la mano con sentimientos encontrados.

—Un gusto.

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