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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 507

La expresión desganada de Sebastián se esfumó de golpe, y su mirada adquirió un matiz tan helado que hasta los que no sabían nada del asunto habrían sentido un escalofrío.

Así que todo este tiempo, ella le guardaba rencor.

Sebastián se burló de sí mismo, una sonrisa amarga asomó en sus labios, tan agria que hasta a él le dolió.

Para colmo, él llevaba años enfrentándose a la familia solo para poder casarse con ella de manera legítima.

¿Y para qué? Al final, no solo le guardaba rencor, sino que ahora quería casarse con otro.

De pronto, Belén jaló la mano de Mario.

—Vamos al balcón, nada más de verlo me irrita —soltó con fastidio.

Ambos salieron de la sala y, cuando sus figuras desaparecieron, Sebastián sintió un nudo en el pecho que no lograba deshacer. Fastidiado, sacó el cajetilla de cigarros de su bolsillo, sacó uno y se dispuso a encenderlo.

Pero justo cuando la chispa del encendedor prendió, recordó algo. Frunciendo la boca con molestia, arrojó el cigarro y el encendedor sobre la mesa.

Lázaro era de esos que cuidaban a su esposa como a un tesoro, y su cuñada estaba embarazada; ni hablar de cigarro, ni el más leve aroma a humo podía haber cerca.

Antes de ir a la casa, Lázaro le había advertido por teléfono que se bañara y se cambiara de ropa antes de llegar, no fuera a llevar el olor a humo y alcohol a su hogar.

No le quedó más remedio a Sebastián que bañarse y ponerse ropa limpia, asegurándose de quedar impecable antes de tocar la puerta.

¿Y para qué? Allá estaban ellos en la cocina, más enamorados que nunca, mientras él se tragaba su rabia en la sala.

No pasó mucho cuando Lázaro, ya sin el delantal, se sentó en el sofá junto a Karina. Jimena seguía en la cocina, terminando los platillos que faltaban.

Apenas se acomodaron, Belén y Mario regresaron del balcón. Pero algo había cambiado: el maquillaje de los labios de Belén ya no era perfecto, y una marca rojiza y provocadora brillaba en el cuello de Mario.

Karina no pudo disimular la sorpresa y se quedó mirando con los ojos bien abiertos.

No fue la única que se dio cuenta. Sebastián también lo notó.

Por un segundo, la expresión de Sebastián se oscureció aún más, como si una tormenta se hubiera desatado en su interior.

—Belén, ven conmigo un momento —dijo Karina, poniéndose de pie y llevándose a Belén del brazo.

Dentro del baño, Karina sacó su labial y se lo ofreció.

—Ponte un poco para retocarte.

Belén ni siquiera lo miró. Esbozó una sonrisa torcida.

—No hace falta, lo hice a propósito.

—Quiero que Sebastián se reviente de coraje, eso es todo.

Mientras hablaba, agarró una servilleta y se limpió los restos de labial de los labios con fuerza.

...

En la sala, Lázaro miró a Mario con el ceño fruncido.

—Ve al baño y límpiate eso.

Mario se tocó el cuello, y al darse cuenta de lo que tenía, se puso rojo hasta las orejas y salió disparado al otro baño.

Desde hace tres años, Sebastián ya tenía una prometida impuesta. Sus padres incluso, a escondidas, lo casaron legalmente con esa mujer.

Por rebelarse contra ese matrimonio arreglado, Sebastián renunció a su derecho de heredar y se lanzó de cabeza a Veritas & Clue, una empresa que nadie creía que prosperaría.

Durante años, se desvivió por hacer crecer ese pequeño taller, hasta convertirlo en el orgullo de Villa Quechua y en un nombre reconocido en todo el país.

Su sueño era que su propio esfuerzo fuera suficiente para liberarse de las cadenas familiares.

Ahora, por fin tenía el poder necesario para divorciarse de esa mujer.

Pero justo entonces, el abuelo que más lo quería cayó gravemente enfermo.

No podía permitir que el abuelo se fuera con esa pena.

Así que hasta hoy, seguía siendo un hombre casado, aunque oculto.

Sabía que Belén sentía algo por él. Esa chica ingenua incluso, cuando estaba borracha, se le había insinuado con toda la valentía que el alcohol le daba.

Pero no podía permitir que, por sus propios deseos, Belén cargara con la etiqueta de "la otra".

Pensaba que, cuando todo estuviera arreglado, iría a la familia Soler a pedir su mano con todo el honor que ella merecía, con fiesta grande y todo.

Jamás imaginó que, por mandarla una vez a la frontera, ella terminaría con Mario.

Sebastián miró a Lázaro, rechinando los dientes.

—Si hubiera sabido que con solo ir una vez a la frontera terminaría fijándose en uno de tus empleados, ¡nunca la hubiera mandado a entregarle cosas a tu esposa!

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