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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 506

La atmósfera en la sala se sentía como un campo de batalla en plena guerra.

Karina prácticamente salió huyendo tras Lázaro, escondiéndose con él en la cocina.

Lázaro sacaba los ingredientes de las bolsas del supermercado, colocándolos por separado sobre la encimera de vidrio.

—¿Te ayudo en algo? —preguntó Karina, buscando cualquier pretexto para mantenerse ocupada.

Lázaro, ágil, abrió una caja de camarones frescos y, volviéndose hacia ella, soltó:

—Tú vete para afuera.

Karina se quedó petrificada, la mano a medio camino.

—Hay mucho humo aquí. No les hace bien ni a ti ni al bebé —añadió él, sin darle oportunidad de replicar.

Karina solo pudo retroceder hasta el umbral de la puerta, resignada.

En cuanto Jimena terminó de servirle una bebida caliente a Sebastián, se fue directo a la cocina para ayudar.

Con una sonrisa, le quitó a Lázaro el siguiente encargo.

—Señor, con que prepare uno o dos platillos que a la señorita le encantan está más que bien. El resto déjemelo a mí, mejor vaya a acompañar a la señorita.

Lázaro asintió con la cabeza.

—Voy a hacer camarones salteados y huevos con jitomate.

Ambos eran sus favoritos: sencillos, ligeros y llenos de sabor.

Jimena no pudo evitar elogiarlo, los ojos casi le brillaban.

—¡Uy, ahora sí que hombres como usted, que cocinan para consentir a su esposa, ya casi no hay! La señorita sí que tiene suerte.

Lázaro no contestó; bajó la vista y se concentró en su tarea.

Como el mejor en su grupo de fuerzas especiales, era capaz de hacer casi cualquier cosa. Cocinar, sin embargo, era territorio inexplorado para él.

Por esa cena, había buscado videos de recetas en su celular durante el día y se los aprendió de memoria, paso a paso.

Si todo salía bien… podría preparar sin fallas esos dos platillos que tanto le gustaban a su esposa.

Se quitó el saco, a punto de dejarlo sobre el respaldo de una silla, pero Karina se adelantó rápidamente para tomarlo y abrazarlo contra su pecho.

El hombre se puso el delantal gris que Jimena le alcanzó, y en ese instante, su aura ruda y distante se transformó por completo: ahora parecía un esposo dedicado, alguien hogareño y confiable.

Empezó a preparar los ingredientes, sus hombros anchos y la cintura delgada se movían con destreza. Al alzarse las mangas, se le veían los antebrazos firmes y bien definidos, cada movimiento transmitía seguridad y fuerza.

Karina se quedó en la puerta, observando en silencio. Verlo así, tan atento y dispuesto, le llenó el corazón de una calidez reconfortante, como si se sumergiera en agua tibia.

Sebastián esbozó una sonrisa burlona, el desprecio en su mirada era imposible de ignorar.

—¿En serio crees que ella va en serio contigo? Solo está jugando, pero tú te la creíste.

Mario palideció de inmediato, y Belén explotó.

—¡Sebastián! ¡Deja de inventar tonterías! —gritó, furiosa, apuntándolo con el dedo—. ¡Mis sentimientos por Mario van en serio!

Sebastián entrecerró los ojos, la voz tan cortante como un machete.

—¿Tus papás ya aprobaron que estén juntos?

Belén guardó silencio.

Al ver su reacción, Sebastián soltó una carcajada seca.

—Eres la hija de la familia Soler. ¿De verdad crees que tus papás aceptarían que te cases con… un simple bombero?

Las palabras terminaron por sacar de quicio a Belén. La rabia mezclada con dolor se le reflejó en los ojos, que se pusieron rojos.

—¡Si no fuera por ti, yo seguiría siendo esa Belén despreocupada de antes!

—¿Tú crees que me salvaste? La verdad es que solo me sacaste de un fuego para lanzarme a otro aún peor.

—¡¿Con qué derecho te metes en mi vida otra vez?!

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