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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 5

Entonces, escuchó que Julián contradecía a su madre. Le dijo:

—Mamá, hay que ser agradecidos en esta vida. No puedes hacer de menos a don Mateo solo porque yo ahora tenga dinero. Durante más de veinte años, lloviera o tronara, te ayudó a surtir la mercancía, a limpiar la bodega, te llevó al doctor cuando estabas enferma y se encargó del puesto cuando te internaron. Además, no me voy a casar con ninguna niña rica. Ana ha estado conmigo tantos años; no puedo simplemente darle la espalda.

En ese momento, el corazón de Ana se había llenado de calidez, convencida de que todos sus años de sacrificio al fin valían la pena.

Pero la realidad se encargó de darle una bofetada cruel.

Ana creyó que Julián sentía algo por ella, y sí lo sentía: la costumbre de usarla.

La verdadera razón por la que no quería casarse con la niña rica era porque, en el fondo, su corazón le pertenecía a Ximena. Además, en vez de arriesgarse con otra desconocida, le resultaba mucho más cómodo quedarse con ella.

Así, no solo le ponía un alto a su madre, de paso también se ganaba el afecto incondicional de Ana.

Mató dos pájaros de un tiro. Ahora que Ana lo analizaba, se daba cuenta de que toda su vida había sido una burla.

Su padre había sido el burro de carga de la madre de Julián toda su vida, y al final, la señora, transformada en la madre del hombre más rico de la ciudad, sentía que hasta para casarse debía buscar a alguien de su misma clase. Para ella, su padre solo había sido el chofer, la llanta de refacción. ¡Qué cinismo!

Y ella había compartido exactamente el mismo destino que su padre.

—¡Ana, qué tonterías estás diciendo, muchacha!

Mateo habría regañado peor a Ana si no fuera porque todavía traía el vendaje en la frente.

—Beatriz, no le hagas caso. Habla sin pensar. Ana, pídele una disculpa ahora mismo.

Mateo empujó levemente a Ana.

Pero ella no cedió ni un centímetro; su postura era inquebrantable:

—Papá, no estoy diciendo tonterías. Y si no me crees, pues hoy mismo que Doña Beatriz te dé una respuesta. ¿Está dispuesta a casarse con mi papá y formar una familia con él o no?

—¡Ana!

Mateo enfureció, alarmando a la gente que pasaba por la calle.

La madre de Julián se quedó congelada, palideció de golpe. Jamás se imaginó que Ana llegaría el día de arrinconarla de esta forma. ¡Obviamente no quería casarse con su padre!

¡Con qué derecho!

Mirándolo en retrospectiva, en su vida pasada ella fue quien siempre estuvo detrás de él. Incluso cuando él se enfadaba, ella era la que tenía que andarlo complaciendo con pinzas.

Ana siempre había justificado que Julián la amaba, pero que le costaba expresar sus sentimientos. Ahora veía que no era así. Si la persona no era ella, él sabía expresar sus emociones mejor que nadie.

Justo como lo que estaba presenciando: tras soltarle la mano al cruzar, Julián, preocupado de que el viento la despeinara, levantó su mano y le acomodó con delicadeza un mechón de cabello detrás de la oreja.

Esos ojos, profundos como un océano de estrellas, destilaban una dulzura infinita.

Incluso cuando habían anunciado su compromiso en su vida pasada, y Ana esperaba recibir un anillo, Julián solo le aventó la cajita frente a ella como si estuviera entregando un reporte. No hubo rodilla en el piso, ni palabras de amor; ni siquiera el más parco «Ana Nogales, cásate conmigo».

Lo único que soltó fue: «Escoge tú la fecha de la boda».

El amor verdadero, o la falta de este, reside siempre en los detalles.

Julián ni siquiera se percató de que Ana estaba allí. Totalmente absorto en Ximena, tampoco notó que su madre se dirigía hacia ellos como un huracán. Justo cuando tomó de nuevo la mano de la chica para decirle que no tuviera miedo, escuchó el grito de su madre:

—¡Julián Ledesma, ¿qué te pasa?!

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