La madre de Julián avanzó y de un manotazo separó las manos de su hijo y de Ximena.
Por todo el tiempo que llevaba haciendo trabajos pesados, tenía bastante fuerza en los brazos.
Ximena vivía en la misma colonia que Ana y Julián.
Desde niña, la madre de Julián no la soportaba. Era de esas personas que, si llegaba a comer a su puesto, Doña Beatriz sentía la necesidad de pasarle un trapo desinfectante tres veces a la mesa antes de seguir atendiendo.
Ximena, que no era tonta como para quedarse a recibir humillaciones, se soltó de inmediato de Julián en cuanto vio a Doña Beatriz acercarse furiosa. Antes de que pudiera articular un «Doña Beatriz, no piense mal, Julián solo me ayudaba a cruzar para que no me atropellaran», la señora agarró a su hijo del brazo y lo jaló bruscamente, reprendiéndolo a gritos:
—¿No te había prohibido juntarte con ella? ¿Cómo se te ocurre andar agarrado de la mano?
—Julián, tú vas a ir a una universidad prestigiosa en el extranjero, eres el mejor promedio de la escuela. ¿Acaso no sabes la clase de fichita que es Ximena? Si te vuelvo a ver con ella, te rompo las piernas. —En ese momento, Doña Beatriz pareció comprender por qué Ana traía esa actitud tan cortante. ¡Con razón! Este chamaco malcriado la había hecho enojar.
—Ana, ¿no te encargué que me le echaras un ojo a los estudios de Julián? ¿Por qué dejas que ande con cualquier igualada que ni buenas calificaciones tiene? Ana…
—¡Mamá, qué maneras son esas de hablarle a Mena! Mena, no le hagas caso, ya conoces el carácter de mi madre; no te preocupes, yo me encargo —interrumpió Julián los regaños hacia la chica.
Ximena sonrió, visiblemente incómoda.
—Julián, no pasa nada. Este… tengo cosas que hacer, me voy. Nos vemos en la escuela en el turno de la tarde.
Ximena huyó más rápido que si hubiera visto al diablo.
No era para menos; ya había presenciado antes cómo Doña Beatriz le acomodaba sus buenos golpes a Julián.
Aunque el chico hubiera perdido la cabeza y quisiera andar con ella —a lo que no le hacía el feo—, eso no significaba que iba a ponerse de pechito para recibir los balazos de su madre.
Le lanzó a Julián una mirada de «tranquilo, tenemos tiempo de sobra, ahorita enfócate en tu mamá» y salió pitando.
Julián apretó los puños con fuerza, viendo cómo ella se alejaba, cargando, según él, con tantas injusticias.
Otra vez había permitido que Mena pasara un mal rato.

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