—Pero, mi niña, ¿cómo no vas a tener hambre? Si sé que te encantan las costillas. Además, estás en pleno crecimiento, no puedes saltarte las comidas.
—Mamá, quiero ponerme en forma.
Cuando Elvira dijo eso, sus ojos mostraron una determinación que nunca antes había tenido.
Al verla tan decidida, Beatriz se sorprendió, pero al poco tiempo asintió con una sonrisa comprensiva y retiró el plato de costillas.
—Tienes razón. Si quieres cuidarte, entonces no te comas esto.
Antes de que Elvira pudiera añadir algo, Beatriz salió rápidamente de la habitación con el plato.
Justo cuando Elvira pensaba que su madre se había ofendido, media hora después, la puerta se abrió de nuevo y Beatriz entró con un plato diferente.
Al ver las verduras al vapor y los camarones recién hechos, Elvira se quedó sin palabras.
—Cuidar tu figura no significa que debas dejar de comer —dijo Beatriz con voz tierna—. Mañana mismo hablaré con la cocinera para que te prepare un menú más saludable.
Cuando su madre le acarició el cabello, los ojos de Elvira se llenaron de lágrimas.
Tener a sus padres allí con ella... era lo mejor del mundo.
Después de haber vivido un infierno en su vida anterior, por fin valoraba el amor incondicional de su familia.
Antes, su complejo por el peso la había cegado, ignorando por completo el calor y el refugio que sus padres le ofrecían, prefiriendo buscar validación en personas que solo la usaron.
—Gracias, mamá.
Elvira bajó la cabeza y, sin que su madre la viera, se tragó las lágrimas mientras comía los vegetales con ganas.
¡Estaba decidida! ¡En tres meses, transformaría su cuerpo por completo!
Al día siguiente, Elvira estaba algo mareada por el cambio en su alimentación. Cuando se subió a la báscula, descubrió que había perdido dos kilos y medio de golpe.
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