Al mirar el rostro de apariencia dulce de Sabrina Sarmiento, Elvira Torres tomó el pañuelo con total naturalidad. Como estaba sudando bastante, la tela no tardó en empaparse.
Sonriendo, Elvira le devolvió el pañuelo húmedo a Sabrina.
La heredera de los Sarmiento, incapaz de ocultar su asco, se quedó paralizada antes de tomarlo.
—¿Qué pasa, Sabrina? —preguntó Elvira—. ¿Acaso te doy asco?
Para Sabrina, su imagen en la Clase Élite lo era todo. Forzó una sonrisa y, reprimiendo las ganas de vomitar, tomó el pañuelo.
—¿Cómo crees? Somos las mejores amigas, jamás me darías asco...
—Me alegra escuchar eso.
Elvira le dedicó una sonrisa cargada de una confianza que nunca antes había mostrado.
Sabrina se quedó desconcertada.
No sabría explicar qué era exactamente, pero Elvira estaba diferente. Aunque seguía siendo de pocas palabras y apenas interactuaba con sus compañeros, el aura que desprendía no tenía nada que ver con la de antes.
Elvira regresó a su asiento.
Sabrina hizo lo mismo. Se sentaba justo al lado de ella. Al ver que Elvira bebía agua con desesperación, sacó unos chocolates de su pupitre.
—Elvira, estos son unos chocolates importados que mi papá trajo de viaje —dijo, ofreciéndoselos—. Seguro que nunca los has probado. Recuerdo que antes te encantaban, así que te regalo toda la caja.
Al ver la caja, Elvira soltó una carcajada fría en su interior.
«Cuando era niña, aunque tenía mis inseguridades, nunca fui una persona con sobrepeso. Incluso al entrar a la secundaria, ya medía un metro sesenta y cinco y mi figura era completamente normal. Sin embargo, de la nada, pasé de pesar sesenta y cinco kilos a más de noventa».
Al principio, creyó que era por el estrés, pero luego notó que algo no encajaba. Su aumento de peso coincidió exactamente con el momento en que conoció a Sabrina.
En su vida pasada, había consultado a varios especialistas, quienes le confirmaron que, a menos que hubiera un descontrol alimenticio extremo, una adolescente no subía veinticinco kilos en tan poco tiempo, a menos que estuviera ingiriendo algún tipo de hormona.
Al escuchar su nombre, Sabrina se mordió el labio, muerta de la vergüenza.
Desde que entró al Instituto Linares, siempre había sido la estudiante modelo. Era la primera vez que le llamaban la atención.
La Profesora Ortega, conocida por su estricta disciplina, se acercó y miró el desastre.
—Lo siento mucho, profesora, fue mi culpa —se apresuró a decir Elvira, asumiendo toda la responsabilidad—. Sabrina me vio hambrienta después de correr y quiso regalarme estos chocolates, pero se me resbalaron.
—¿Correr? ¿Estás intentando bajar de peso, Elvira?
Elvira asintió.
La profesora, que no tenía un pelo de tonta, miró a Sabrina como si leyera sus intenciones.
—¡Estamos en horario de clases! ¿Qué haces repartiendo chocolates en lugar de prestar atención? Quedan confiscados.

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