—Respira... concéntrate... —murmuraba Elvira Torres con una risa nerviosa, antes de volver a hundir la cabeza en el agua, dejando un rastro de burbujas sonoras.
Bernardo Lozano no dijo nada, pero las orejas se le enrojecieron ligeramente.
Durante siete días consecutivos, Elvira y Bernardo se fueron juntos a casa después de clases. Sin embargo, nadie les prestó atención, ya que toda la escuela estaba concentrada en el drama entre Julio Lozano y Sabrina Sarmiento.
Después de que mandaran llamar a su madre aquel día, Julio se peleó a gritos con su familia por defender a Sabrina. Incluso amenazó con renunciar a toda la herencia del Grupo Lozano, provocando un disgusto tan grande que doña Teresa casi termina en el hospital.
Los maestros ya no sabían qué hacer con ellos. En los últimos días, ambos se paseaban juntos por los pasillos, exhibiéndose como la pareja perfecta y derrochando amor.
En la piscina de la escuela, Elvira nadó ochocientos metros de una sola vez, mientras Bernardo llevaba el tiempo con un cronómetro desde la orilla.
Cuando ella terminó, los labios del chico esbozaron una sonrisa muy sutil.
—Nada mal, has mejorado —dijo él.
—¿Otra vez Elvira Torres?
La voz resonó de pronto desde el otro extremo de la piscina. Era Viviana, acompañada de otras chicas de la clase. Todas llevaban puesto su traje de baño, recién llegadas al lugar.
—Elvira, por mucho que entrenes, no sirve de nada —se burló Viviana, siempre dispuesta a ser la vocera de Sabrina—. La persona a la que Julio ama es a Sabrina, ¡y ya están juntos! Hasta los profesores han tenido que aceptarlo. Así que, por más que vayas con el chisme, no conseguirás nada.
En ese momento, Sabrina salió de entre el grupo. Llevaba un precioso traje de baño de diseñador, color rosa pálido, con tirantes finos. Resaltaba tanto que desentonaba por completo con el modesto traje azul reglamentario que usaban las demás estudiantes.
—Vivi, las cosas ya quedaron en el pasado, no tiene caso seguir mencionándolo —dijo Sabrina, fingiendo una magnanimidad absoluta para no culpar a Elvira.
Una de las chicas a su lado soltó un suspiro de admiración.
—¡Sabrina, ese traje de baño es precioso! ¿Te lo regaló Julio?
Sabrina asintió, fingiendo timidez.
—Me dijo que los trajes de la escuela no eran lindos, así que fue a comprarme uno nuevo.

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