—Ten, esto es para ti.
Bernardo le entregó un plan de dieta y ejercicio que había estado preparando durante los descansos. Había analizado su complexión a detalle; si ella seguía las instrucciones, podría perder hasta diez kilos en el primer mes.
Además, estaban en el penúltimo año de secundaria, la carga escolar era pesada y el instituto ya les exigía mucho desgaste físico. Si ella era constante, quizás recuperaría su peso normal antes de los exámenes finales.
—¿Lo hiciste tan rápido? —se sorprendió Elvira al ver la meticulosa tabla. Incluía hasta lo que debía comer diario, la cantidad de agua y los tiempos de entrenamiento.
—No puedes bajar de peso matándote de hambre —explicó él—. Hoy cenaste muy poco. Deberías comer más pepino, tomates cherry o verduras al vapor, pero no hasta llenarte. El truco es irte a dormir sintiendo un poco de hambre.
Elvira asintió, asimilando la información.
Al ver que a ella le costaba procesarlo, él guardó silencio un instante y añadió:
—Yo te voy a supervisar. No hace falta que memorices todo.
Elvira asintió rápidamente, como una niña aplicada.
Escondidos en una esquina, Alejandro y Beatriz asomaban la cabeza para espiar. Los chicos estaban a la orilla de la piscina, cruzando muy pocas palabras.
—¿Qué está pasando? ¿De verdad solo vino a entrenar? —susurró Beatriz intrigada.
—Nuestra niña lleva días haciendo ejercicio sola, ¿por qué de pronto necesita a un Lozano de escolta? —Alejandro tampoco entendía nada.
—¿Será que Elvira ya superó a Julio y ahora le gusta este muchacho?
—¡Los niños de esa familia tienen caras bonitas para engañar a nuestra hija!
La pareja seguía murmurando sin darse cuenta de que no eran para nada discretos y habían llamado la atención de los jóvenes.
Elvira asomó la cabeza fuera del agua y gritó:

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