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Renacer y Casarme con el Rival de Mi Ex romance Capítulo 23

Pasó algo terrible.

Al escuchar esas palabras, lo primero que se le vino a la mente a Elvira fue la profesora Ortega.

Habían pasado exactamente siete días; los efectos secundarios debían de haberse manifestado ya.

Evidentemente, el resto de los estudiantes no tenía idea de lo que ocurría, pero llevados por la curiosidad, todos salieron en estampida hacia el edificio principal.

Al llegar al pasillo de su grado, vieron que ya había una multitud de alumnos amontonados. Desde el interior de la sala de maestros se escuchaba la voz estridente de la profesora Ortega.

—¡Profesora Herrera, hoy mismo tiene que darme una explicación!

La profesora de inglés, que siempre presumía de su figura y su elegancia impecable, ahora gritaba histérica, como si hubiera perdido la razón.

La profesora Herrera, la tutora de la clase, lucía completamente desconcertada. No sabía qué estaba pasando, así que mandó llamar a Sabrina de inmediato.

En cuanto la chica puso un pie en la oficina, la mirada asesina de la profesora Ortega se clavó en ella.

—¡Sabrina Sarmiento, ven aquí ahora mismo!

Ni en sus peores momentos de furia la maestra había usado un tono tan aterrador. Jaló a Sabrina frente a la tutora y le exigió:

—¡Dime qué demonios le pusiste a esos chocolates! ¡Habla!

Sabrina estaba aterrorizada.

La profesora Ortega apenas rozaba los veintiocho años y siempre había tenido una figura envidiable, pero en solo una semana, su cuerpo había ganado un volumen alarmante.

Sabrina, pálida como el papel, tartamudeó:

—Yo... yo no sé nada, yo no fui...

Al ver el rostro pálido y las lágrimas de la chica, la tutora la defendió al instante.

—Profesora Ortega, si usted subió de peso por comer de más, ¿por qué culpa a mi alumna? ¿Insinúa que una estudiante la drogó?

—¡Estoy a dieta! En todos estos días, aparte de beber agua, lo único que he comido es esa caja de chocolates. ¡Es imposible ganar casi ocho kilos en una semana! ¡Mandé a analizar los chocolates al laboratorio, y los resultados confirmaron que alguien les inyectó hormonas! Muy astuta, Sabrina. Eres increíble.

Las palabras de la profesora hicieron que los alumnos agolpados en la puerta soltaran jadeos de asombro.

Justo en ese instante, Julio se abrió paso entre la multitud y declaró en voz alta:

—Yo fui el que le puso esas hormonas a los chocolates. Sabrina no tiene nada que ver.

Su confesión repentina desató una nueva ola de murmullos.

Cualquiera con dos dedos de frente sabía que Julio solo estaba asumiendo la culpa para salvar a Sabrina.

Ella lo miró con los ojos enrojecidos por el llanto. Julio se acercó, la puso detrás de él de forma protectora y sentenció:

—Fui yo. Si van a llamar a alguien, llamen a mi madre.

Había que admitir que, para el público presente, la jugada de Julio fue impresionante.

Al menos para las adolescentes de la escuela, se vio como el acto heroico más romántico del mundo.

Pero para Elvira, fue un acto de absoluta estupidez.

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