Si estaba dispuesto a asumir la culpa por Sabrina, Julio tendría que pagar muy caro por su estupidez.
Adulterar la comida de alguien no solo era una falta gravísima al reglamento escolar, sino que rayaba en un delito.
Tal como se esperaba, esa misma tarde llamaron a doña Teresa. Al enterarse de que su hijo estaba pagando por los platos rotos de Sabrina, la imagen que la señora Lozano tenía de la chica cayó por los suelos.
Pero el asunto no terminó ahí. La profesora Ortega estaba decidida a presentar una denuncia policial y exigía la expulsión de Julio. Tras las súplicas desesperadas de doña Teresa, no solo tuvieron que pagar una indemnización de más de doscientos mil pesos, sino que la escuela le aplicó a Julio un reporte grave en su expediente.
¿Qué significaba tener un reporte grave justo en su penúltimo año escolar?
Significaba que Julio acababa de perder casi cualquier oportunidad de ingresar a la universidad de élite con la que siempre había soñado.
Ese día, Elvira estaba de un humor excelente, lo que le dio aún más energía para su rutina de ejercicios.
En los poco más de diez días transcurridos desde que renació, ya había perdido diez kilos.
Sabía que el proceso se volvería más lento y difícil a partir de ahora, pero era un inicio fenomenal.
Con los exámenes finales a la vuelta de la esquina, todos los estudiantes de la Clase Élite estaban dedicados en cuerpo y alma al estudio. Se la pasaban enterrados en libros y resolviendo guías de práctica. El único que parecía haber tirado la toalla era Julio. Desde el escándalo de los chocolates, su rutina consistía en escaparse para jugar baloncesto o saltarse las clases para ir a citas románticas con Sabrina.
A Elvira no le sorprendió en lo más mínimo.
Después de todo, por fin había conseguido estar con la chica de sus sueños; era lógico que los estudios ya no le importaran.
Y en cuanto a Sabrina, probablemente daba por hecho que al graduarse se casaría con un heredero millonario, así que tampoco se molestaba en abrir un libro.
En la biblioteca, Elvira leía con una concentración feroz. Al volver a esta vida, se dio cuenta de que había olvidado casi todo el temario de preparatoria. Si no lograba ponerse al día, el examen final sería su ruina.
El Instituto Linares tenía una regla estricta: si el promedio del examen final no alcanzaba el mínimo requerido, los alumnos eran transferidos de clase por la fuerza. Según sus cálculos, necesitaba obtener unos seiscientos cincuenta puntos en total para poder conservar su lugar en la Clase Élite.


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