Al escuchar el nombre de Sabrina, el puño de Julio, que estaba a punto de salir disparado, se detuvo en seco.
Sabiendo que había dado justo en el blanco, Elvira tomó a Bernardo por el brazo.
—Vámonos, ayúdame a buscar otro lugar para estudiar.
Esta vez, Julio no intentó detenerlos. Al ver que se marchaba indignado, Elvira buscó cualquier otra mesa vacía y se sentó.
¡Qué dolor de cabeza! Qué tipo tan insufrible.
—Voy a seguir trabajando —dijo Bernardo con voz plana.
Por alguna razón, Elvira notó que él estaba de mal humor.
Era comprensible. A nadie le gusta que lo llamen bastardo a gritos en medio de una biblioteca llena de gente.
Ella se acercó y le dijo en voz baja:
—No le hagas caso, solo decía estupideces. Está podrido por dentro, no dejes que te afecte.
—Estoy acostumbrado —respondió él, como si el incidente ya no tuviera importancia.
—¿Eres el bibliotecario?
—Sí.
—Nunca me lo habías comentado.
—Nunca preguntaste.
—...Cierto.
Mientras Bernardo acomodaba los libros en los estantes, Elvira lo seguía de cerca.
—Oye, tienes calificaciones excelentes, deberías estar en la Clase Élite. ¿Por qué te peleaste aquella vez?
—No me acuerdo —cortó él, dejando claro que no quería hablar del tema.
Elvira soltó una risita nerviosa para intentar aligerar el ambiente.
Al verlo trabajando tan duro entre los estantes y recordando lo mal que lo trataban en la casa Lozano, tuvo una idea.
—Bernardo... sé que eres muy bueno en los estudios. ¿Crees que podrías hacerme un favor?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer y Casarme con el Rival de Mi Ex