—¡Saúl! —le gritó Bernardo, logrando que su amigo cerrara la boca de inmediato.
Elvira se quedó helada.
Durante todos esos días, para poder ayudarla con su entrenamiento físico, Bernardo llegaba a su casa pasadas las ocho o nueve de la noche.
La casa de los Torres y la de los Lozano estaban a un par de kilómetros de distancia. Él siempre insistía en caminar de regreso y se negaba rotundamente a que el chófer de Elvira lo llevara.
Jamás imaginó que doña Teresa fuera tan cruel como para dejarlo afuera, prohibiéndole la entrada a su propia casa.
«Elvira, eres una estúpida. ¿Cómo no se te ocurrió que algo así podía pasar?»
—Oye, solo estoy diciendo la verdad, ¿por qué te enojas? —se quejó Saúl mientras le entregaba el medicamento. Su mirada iba de Bernardo a Elvira.
Al notar la tensión en el aire, Saúl sonrió nervioso.
—Eh... iré a buscarte agua. ¡Sigan platicando!
Y salió huyendo a toda prisa.
Al ver el rostro pálido de Bernardo, Elvira le reclamó suavemente:
—Si doña Teresa te estaba haciendo esto, ¿por qué no me lo dijiste?
—No es asunto tuyo.
—¡Claro que es asunto mío! Si no fuera porque te pedí que te quedaras para ayudarme con el ejercicio, ella no te habría dejado en la calle.
—Yo acepté hacerlo, además, me estás pagando —respondió Bernardo con frialdad—. Como dije, mis problemas no tienen nada que ver contigo, y no necesito que te metas.
Dicho eso, Bernardo se dio la vuelta y se marchó.
Al ver su espalda alejarse, el pecho de Elvira se llenó de culpa.
Ella había creído que, pagándole por ayudarla a entrenar, no solo mejorarían su relación, sino que le daría dinero extra para mejorar su situación. Nunca pensó que, en realidad, le estaba causando una vida aún más miserable.
Al caer la tarde, Elvira llegó a su casa. Doña Beatriz, que había puesto la mesa con un lugar extra, se extrañó al verla entrar sola.
—Hija, ¿llegas sola? ¿Y Bernardo?
Doña Teresa fulminó a Bernardo con la mirada. De por sí llevaba días con los nervios de punta por la cancelación del compromiso con la familia Torres y por el escándalo de su hijo con Sabrina. Ahora, enterarse de que Bernardo había golpeado a su precioso Julio, le dio la excusa perfecta para desahogar toda su furia.
—¡Maldito infeliz! ¡Te doy un techo y comida, y tú te atreves a golpear a mi hijo! ¡Eres un malagradecido que muerde la mano que le da de comer!
Doña Teresa se abalanzó sobre él y comenzó a pellizcarle los brazos con violencia.
—¿Golpeas a mi muchacho y todavía tienes el descaro de venir a dormir aquí? ¡Camina! ¡Nos vamos directo a la policía! ¡Esto no se va a quedar así!
Bernardo frunció el ceño. En un movimiento brusco, se soltó del agarre de la mujer.
Como respuesta, doña Teresa le soltó una bofetada fulminante.
—¡Encima te atreves a rebelarte!
Las uñas de la mujer le rasgaron la mejilla, dejándole tres marcas sangrantes y el rostro hinchado.
Justo en ese momento, las luces altas de un auto iluminaron de lleno a los tres.

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