—Elvira, y yo que pensaba que eras un gran ejemplo a seguir. Resulta que tú también andas de novia. ¿Con qué cara te atreviste a denunciar a Sabrina y a Julio?
El grupito de chicas que seguía a Sabrina no tuvo reparos en lanzarle comentarios sarcásticos a Elvira.
Especialmente desde que Sabrina les había hecho creer que Elvira solo era la hija de un chofer, el desprecio hacia ella se había multiplicado.
Aunque la mayoría de ellas eran hijas de empresarios medianos, en ese colegio las clases sociales marcaban una jerarquía brutal.
Bernardo frunció el ceño ligeramente y una mirada fría y amenazante se asomó en sus ojos.
Las chicas se sintieron intimidadas por esa mirada y se callaron de inmediato.
Todos en la escuela recordaban cuando Bernardo se había metido en una pelea campal; para los estudiantes, él era una bomba de tiempo a punto de estallar.
—No les hagas caso —le dijo Elvira, entregándole su mochila.
Bernardo la tomó con toda naturalidad y se la colgó al hombro.
Pero antes de darse la vuelta para marcharse, repasó al grupo de chicas con la mirada y soltó una advertencia:
—Tengan cuidado con lo que dicen.
Esa amenaza tan directa de Bernardo hizo que a las chicas se les helara la sangre.
Tres días después, se publicaron los resultados de los exámenes finales.
Bernardo se disparó directamente al primer lugar de toda la generación. Gracias a sus tutorías, Elvira alcanzó el tercer puesto. Por el contrario, Sabrina, que solía estar en los primeros lugares, cayó en picada más allá del puesto cincuentaa, arrastrando a Julio con ella hasta la posición número veinte.
Desde el frente del salón, el tutor fijó la vista en Sabrina y, con un tono gélido, le dijo:
—Sabrina, antes de irte hoy a mediodía, dile a tu tutor legal que venga a verme.
Al escuchar eso, Sabrina se puso pálida.


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