—¿Cómo que no lo sabes? Escuché que muchos de los hijos de las familias ricas se comprometen en cuanto terminan la preparatoria y solo esperan a tener la edad legal para casarse. Sabrina, Julio te adora, obvio no va a dejar que te vayas a estudiar al extranjero tú sola. Seguro que la familia Lozano va a ir a pedir tu mano primero.
—¡Exacto! Nuestra Sabrina es bellísima, tiene una personalidad increíble y es la heredera de los Sarmiento, hacen la pareja perfecta. ¿Cómo te iba a dejar ir sola a otro país? Te apuesto a que se irá contigo.
Al ver la emoción de sus amigas, Sabrina realmente se imaginó a sí misma casándose y entrando a una familia millonaria.
Elvira, al escuchar semejantes tonterías, sonrió con frialdad.
En su vida pasada, Sabrina sí había llegado a casarse. Tres años después de graduarse de la preparatoria, durante una reunión de exalumnos, Sabrina ya había regresado de estudiar en el extranjero y andaba con un heredero extranjero, con el que no tardó en comprometerse.
Julio, que estaba presente en esa reunión, perdió por completo la cabeza al enterarse. Sin importarle la presencia de Elvira, se puso histérico y salió corriendo detrás de Sabrina para suplicarle a solas.
En ese entonces, Elvira ya era la esposa de Julio, y su numerito la humilló frente a todos sus antiguos compañeros.
Con el tiempo, las empresas de los Lozano crecieron enormemente y Julio se consolidó como uno de los magnates más poderosos de Ciudad Linares.
Justo por esa misma época, el esposo de Sabrina fracasó en los negocios y terminó lanzándose de un edificio.
Fue entonces cuando Sabrina regresó al país para revivir su viejo romance con Julio.
Para poder divorciarse sin contratiempos, Julio mandó a encerrar a Elvira en un hospital psiquiátrico e incluso fue el responsable de la muerte de sus dos hijos.
Al recordar los horrores de su vida pasada, Elvira apretó el lápiz con tanta fuerza que rompió la punta de golpe.
Bernardo la observó en silencio, notando su reacción.
El ruido también atrajo la atención de Viviana y su grupo.
Viviana lanzó un comentario mordaz:
—Uy, parece que a alguien le arden los oídos.

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