—Ah, con razón. Es el chofer de la familia Sarmiento. Ya me parecía raro que el señor Sarmiento anduviera vestido así.
—Tiene sentido. El papá de Sabrina es el presidente del Grupo Sarmiento, debe estar tapado de trabajo todo el día, ¿cómo iba a tener tiempo para venir a la preparatoria?
Viviana y los demás comenzaron a hacer comentarios, obligando a Sabrina a forzar una sonrisa llena de vergüenza.
A su lado, su padre se dio cuenta de inmediato de que su hija le estaba mintiendo a sus compañeros, fingiendo ser una niña rica. Le dio un ligero tirón en la manga y, tratando de ser discreto, le murmuró:
—Sabrina, ¿cómo puedes decir...
—¡Qué atrevimiento! —Sabrina apartó la mano de su padre de un manotazo y gritó nerviosa—: ¿Quién te dio permiso de tutearme? ¡No eres más que el chofer de los Sarmiento! Entiendo que eres mayor y por eso te tengo paciencia, ¡pero no seas un igualado!
Viviana intervino de inmediato:
—Exacto. Un simple señor chofer atreviéndose a jalonear a la hija del patrón. Hay que ubicarse un poco.
El rostro del hombre se ensombreció. Sabrina, muerta de miedo de que su padre abriera la boca y revelara que ella no era ninguna heredera, comenzó a empujarlo hacia la salida y le ordenó:
—¡El profesor ya te está esperando en la oficina! ¡Ve rápido!
Al ver la desesperación en los ojos de su hija, el hombre comprendió que ella tenía terror de que sus amigos descubrieran la verdad. Aunque le dolía profundamente la actitud de Sabrina, con tal de que ella no pasara un mal rato en la escuela, agachó la cabeza y caminó encorvado hacia la oficina.
Viviana se cruzó de brazos y bufó:
—Ay, Sabrina, el chofer de tu casa no tiene ni un poquito de modales.
—Seguro como lleva muchos años trabajando para los Sarmiento, siente que ya es parte de la familia y se toma atribuciones que no le corresponden.
Sabrina solo pudo forzar una sonrisa temblorosa mientras escuchaba cómo sus amigos humillaban a su propio padre.
Mientras tanto, Elvira, que seguía sentada en su lugar fingiendo resolver problemas, lucía una gran sonrisa de quien disfruta el chisme.
—¿De qué te ríes? —le preguntó Bernardo.
—De lo divertido que está esto.
—¿Qué le ves de divertido?

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