Al día siguiente, Elvira se presentó en la residencia de los Lozano acompañada por un abogado.
Adentro, Doña Teresa estaba histérica por el reciente desplome de las acciones del Grupo Lozano. Al escuchar el timbre, pensó que eran los cobradores de deudas. Abrió la puerta bruscamente y espetó con tono agresivo:
—¡Qué manera de golpear a estas horas de la mañana! ¡Ya les dije que les voy a pagar!
Pero apenas terminó la frase, levantó la vista y se encontró con Elvira.
Llevaba un elegante vestido blanco, con su largo cabello lacio cayendo hasta la cintura. Sus grandes ojos almendrados le daban un toque coqueto y, aunque todavía era muy joven, ya irradiaba la belleza madura de una mujer sofisticada.
—Tú eres...
Doña Teresa se quedó paralizada, incapaz de reconocerla en ese primer segundo.
Elvira sonrió levemente y dijo:
—Doña Teresa, soy Elvira.
Al darse cuenta de quién era, a Doña Teresa casi se le cae la mandíbula.
En apenas un par de meses, ¿cómo era posible que esa chica con sobrepeso hubiera cambiado tanto?
—¿Elvira? ¿De verdad eres tú, Elvira?
Doña Teresa la miraba incrédula. Elvira continuó:
—La última vez tuve un contratiempo, así que vine especialmente a visitarla hoy. Doña Teresa, no está enojada conmigo, ¿verdad?
—¿Cómo podría estar enojada contigo? Pasa, pasa, por favor.
Doña Teresa no podía dejar de sonreír.
Que Elvira viniera a visitarla personalmente era motivo de sobra para festejar.
¿Cómo iba a estar enojada?
—Elvira, estás cada día más hermosa, casi no te reconozco.
—Mi papá escuchó que el Grupo Lozano está pasando por una situación muy delicada. Recordando que ustedes poseen acciones de nuestra corporación, pidió al abogado que preparara todo para recomprar la participación de la familia Lozano en la empresa de los Torres a un precio preferencial, y así ayudarlos a superar esta crisis.
Las palabras de Elvira sonaban amables, pero el mensaje de fondo era claro: venían a cortar lazos.
Doña Teresa dudaba. Era cierto que la familia Lozano tenía deudas enormes. Si no pagaban pronto, la casa sería embargada y subastada.
¡Pero si entregaba las acciones de los Torres, se quedarían sin su única fuente de ingresos fijos!
—Elvira, ya que mencionas esto, quiero pedirte un gran favor.
Doña Teresa abandonó cualquier rastro de orgullo y suplicó:
—Desde que falleció el padre de Julio, hemos sobrevivido gracias al apoyo de la familia Torres. Pero ahora estamos atravesando nuestro momento más oscuro. ¿Crees que tu padre estaría dispuesto a tendernos la mano y prestarnos algo de dinero? Si el Grupo Lozano se recupera, te juro que seremos los primeros en pagarles. Además, ustedes también tienen acciones en el Grupo Lozano; si la empresa tiene dinero, ¡los dividendos para la familia Torres serán aún mayores!
Al ver la cara de falsa sinceridad de Doña Teresa, Elvira soltó una carcajada fría en su interior.
Sabía perfectamente que esta mujer no tendría la menor vergüenza en intentar sacarles más dinero.

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