El licenciado Valdés le entregó a Alejandro el contrato urgente que habían firmado esa tarde con Teresa Lozano.
Alejandro lo abrió con recelo.
Él creía que Elvira solo había ido a charlar con la madre de Julio para llegar a un acuerdo verbal, jamás se imaginó que ya traería los contratos firmados.
—A ver, déjame ver cómo le hiciste para ganar setecientos millones.
Al principio no le prestó mucha atención, pero a medida que leía el contrato, la cosa se ponía cada vez más increíble. Al final, hasta se puso los lentes de lectura y preguntó asombrado:
—¿Todo esto lo firmó Teresa?
—Así es.
Alejandro preguntó desconcertado:
—¿Aceptó cortar lazos con nosotros por solo mil millones? ¿No solo nos devolvió las acciones de la Corporación Torres, sino que además nos dejó todas sus propiedades y autos como garantía?
—Papá, ahí lo tienes escrito en blanco y negro, ¿acaso te mentiría?
Alejandro no podía creerlo.
El cinco por ciento de las acciones de los Torres podía venderse en el mercado por mil quinientos millones sin ningún esfuerzo. Y la familia Lozano no solo se había conformado con mil millones para devolverlas, sino que además había entregado todo ese patrimonio como garantía.
Era simplemente absurdo.
—¿Y cómo es eso de la garantía? —quiso saber Alejandro.
—Papá, nosotros teníamos acciones en el Grupo Lozano, ¿verdad? Como Doña Teresa no tenía el efectivo para pagárnoslas de inmediato, le dije que nos dejara bienes de valor equivalente como garantía. De esa forma la deuda quedaba pendiente, y si llega la fecha límite y no pueden pagar, podemos subastar los bienes para recuperar el dinero.
—¿Pero no será demasiado cruel?
—¿Cruel por qué? En el último año nos han pedido un montón de dinero y ni ella ni su hijo tienen la menor intención de pagar. Hoy, Doña Teresa hasta me presumió sus joyas; fácil valen decenas de millones. Eso demuestra que no es que no tengan dinero, es que no quieren pagar. Además, todo el mundo sabe que están endeudados hasta el cuello, nosotros fuimos muy generosos al darles efectivo para pagar sus deudas.
Elvira miró fijamente a sus padres y les dijo:
—Papá, mamá, en los negocios hay que tener empatía, pero si la otra parte es malagradecida, no tenemos por qué ser tan blandos.
Elvira jamás olvidaría cómo la familia Lozano había tratado a los Torres en su vida pasada.
En esta vida, solo les estaba pagando con la misma moneda.
—Elvira tiene razón. Ya los hemos ayudado bastante, es momento de parar —asintió Alejandro, convencido—. Ellos necesitaban dinero y nosotros se lo dimos de inmediato; esto es un negocio justo. Si ya firmaron el contrato, se hará todo al pie de la letra.

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