La sonrisa de Magdalena fue como una bofetada silenciosa.
Descolocó a Camila por completo. La rabia que esperaba ver en el rostro de Magdalena no estaba allí; en su lugar, había una diversión fría y distante, como la de alguien que observa a un niño haciendo un berrinche.
—¿De qué te ríes, estúpida? —siseó Camila, su voz perdiendo el tono altanero para volverse un chillido agudo—. ¿Te parece gracioso que te echen como a un perro de la calle?
Una de las amigas de Camila, una rubia teñida con un vestido demasiado ajustado, añadió con sorna:
—Ay, Cami, déjala. Seguro se está riendo de los nervios. Es lo que hace la gente pobre cuando entra a lugares como este, se sienten abrumados.
Magdalena no respondió. Simplemente dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellas. El movimiento fue lento, deliberado. Su calma era un muro de hielo contra el que se estrellaba la histeria de Camila. Era mucho más intimidante que cualquier grito.
La dependienta, al ver que la situación se le iba de las manos, intervino con voz temblorosa.
—Señorita Montero, por favor, no cause una escena. Podemos resolver esto con discreción.
—¡La escena la está causando esta! —chilló Camila, señalando a Magdalena con un dedo tembloroso—. ¡Llamen a seguridad ahora mismo! ¡Quiero que la saquen a rastras de aquí! ¡Quiero que todo el mundo vea a la exesposa de Esteban Montero siendo tratada como la basura que es!
Dos guardias de seguridad corpulentos, que vigilaban la entrada de la tienda, comenzaron a acercarse con paso pesado. Su presencia hizo que los otros clientes de la boutique se detuvieran a mirar, susurrando entre ellos.
Las amigas de Camila sonreían, sacando sus celulares discretamente, listas para grabar la humillación. Esto sería una gran historia para contar en el club.
Valeria se puso delante de Magdalena, protectora. Su cuerpo menudo vibraba de furia.
—No se atrevan a tocarla. Les juro que no saben con quién se están metiendo.
Camila soltó una carcajada estridente.
La mandíbula de Camila tembló de rabia. La habían llamado parásita en público.
—¡Sáquenla! ¡¿Qué esperan?! —le gritó a los guardias, con el rostro rojo y descompuesto—. ¡Es una orden!
Uno de los guardias, sintiendo la presión, finalmente extendió la mano para tomar el brazo de Magdalena.
El aire se llenó de una tensión casi palpable.
Magdalena no se movió. No parpadeó.
Solo esperaba, con esa sonrisa helada en los labios, como si supiera que algo estaba a punto de suceder.
Como si todo, hasta la mano del guardia a punto de tocarla, fuera parte de su plan.

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