Sentadas en una cafetería tranquila y elegante, lejos del drama de la boutique, Magdalena le dio un sorbo a su café americano, negro y sin azúcar.
Valeria, por otro lado, todavía estaba vibrando de emoción, incapaz de quedarse quieta en su asiento.
—¡¿Viste su cara?! ¡Fue épico! ¡La forma en que salió corriendo! Juro que casi me hago pipí de la risa. Su cara parecía un poema. ¡Un poema horrible!
Magdalena sonrió, esta vez con genuina diversión. La energía de Valeria era contagiosa.
—Estuviste increíble, Valeria. Gracias. Actuaste en el momento justo.
—Para eso estamos las amigas —dijo Valeria, chocando su taza de capuchino con la de Magdalena—. Pero en serio, ¿cómo aguantaste la calma? Yo ya le habría arrancado las extensiones y se las habría hecho comer.
—La rabia es un lujo que no puedo permitirme ahora mismo —respondió Magdalena, su rostro volviéndose serio de nuevo—. La rabia te nubla el juicio. Y yo necesito mi juicio más afilado que nunca. Tengo que mantener la cabeza fría. Y hablando de eso, te debo una.
—No me debes nada. Fue un placer inolvidable. Deberíamos enmarcar la grabación de las cámaras de seguridad.
—Sí, te debo —insistió Magdalena—. Y voy a pagarte con algo más valioso que todos los vestidos de esa tienda. Un consejo.
La curiosidad reemplazó la euforia en el rostro de Valeria. Se inclinó sobre la mesa, interesada.
—Soy toda oídos.
—Escuché en las noticias financieras que el Grupo Soto está compitiendo contra el Grupo Montero por el gran contrato de software de "Soluciones Marítimas", ¿verdad?
Valeria asintió, su expresión se ensombreció un poco.
—Sí. Mi papá está muy estresado por eso. Dice que la propuesta de Montero es muy agresiva, casi perfecta, y que probablemente vamos a perder. Esteban Montero se está llevando toda la fama de genio por esa oferta.

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