Después de colgar el teléfono, Magdalena se quedó un momento en silencio, mirando el horizonte de la ciudad desde la ventana de su nuevo apartamento.
Era un lugar modesto, pero elegante y moderno, con vistas al parque. Su primer hogar de verdad. Un lugar que no apestaba a las mentiras y el desprecio de los Montero.
No sintió nada al escuchar la patética súplica de Esteban. Ni satisfacción, ni odio, ni lástima. Solo un vacío. Era el sonido de un capítulo de su vida cerrándose para siempre. Él ya no era parte de su presente, solo un fantasma de su pasado.
El timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos.
Al abrir, se encontró con un mensajero uniformado que sostenía una caja grande, plana y envuelta en un elegante papel negro mate sin ninguna inscripción.
—Entrega para la señorita Magdalena Valenzuela.
Firmó la tableta digital y cogió la caja. Era sorprendentemente pesada.
La llevó adentro y la colocó sobre la mesa de centro. Con curiosidad, rasgó el papel.
Dentro, sobre un lecho de satén negro, había un tablero de Go.
No era un tablero cualquiera. La madera era oscura, casi negra, con un veteado profundo y rico que parecía tener siglos de antigüedad. La cuadrícula estaba finamente incisa, y las piezas, contenidas en dos cuencos de madera a juego, no eran de plástico o vidrio. Eran de piedra pulida, unas de un blanco puro y translúcido como el jade, y las otras de un negro tan profundo que absorbía la luz.
Era una obra de arte. Un objeto que irradiaba historia, inteligencia y una serena complejidad.
Magdalena pasó los dedos por la superficie lisa y fría del tablero.
Había un pequeño sobre de color marfil apoyado en el centro.
Lo abrió.

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