La primera de sus cenas semanales no fue en un restaurante lujoso y abarrotado.
Camilo la llevó a un salón de té privado en el último piso de un discreto edificio en el casco antiguo de la ciudad. El lugar era un oasis de calma, decorado con tatamis, paneles de papel de arroz y el suave sonido de una pequeña fuente de bambú.
El tablero de Go que le había enviado ya estaba dispuesto sobre una mesa baja de madera lacada.
—Pensé que un ambiente más tranquilo sería propicio para la estrategia —dijo Camilo, indicándole que se sentara en uno de los cojines de seda.
—Una sabia elección —respondió Magdalena, sentándose con gracia.
No hablaron de negocios al principio. Un asistente silencioso les sirvió un té verde de aroma exquisito. Luego, sin necesidad de palabras, comenzaron a jugar.
Camilo jugaba con una calma depredadora, cada movimiento era considerado, agresivo, buscando expandir su territorio rápidamente.
Magdalena, en cambio, jugaba con una paciencia fluida. No se oponía a su fuerza directamente. Cedía terreno en un lugar para construir una fortaleza silenciosa en otro. Sus movimientos eran sutiles, casi engañosos, tejiendo una red invisible por todo el tablero.
Estaban completamente absortos en el juego. Era una conversación sin palabras. Un baile de intelectos.
Él veía su ambición, su audacia, su capacidad para tomar riesgos calculados.
Ella veía su paciencia, su visión a largo plazo, su habilidad para ver el potencial oculto en posiciones aparentemente débiles.
—Impresionante —dijo Camilo después de casi una hora de silencio, mientras colocaba una de sus piedras negras—. La mayoría de los jugadores intentan enfrentarme de frente. Se agotan y cometen errores. Usted prefiere rodearme.
—Un ataque frontal contra un oponente más fuerte es un suicidio —respondió Magdalena, colocando una piedra blanca que, de repente, amenazaba a un gran grupo de piezas de él que parecían seguras—. Es más eficiente cortar sus líneas de suministro y dejar que su propia fuerza se convierta en su debilidad.
La "Torre Centenario" era el proyecto con el que Esteban esperaba redimir su reputación después del fiasco del Premio Innovación. Y si su principal suministro de acero se veía comprometido, todo el proyecto se derrumbaría.
—Qué descuido por parte del Grupo Montero —dijo Magdalena, su rostro impasible mientras colocaba otra piedra, consolidando su ventaja—. Depender de un único proveedor para un material tan crítico es un error de principiante.
—Exactamente —dijo Camilo, sus ojos brillando—. Un error que un verdadero estratega sabría cómo explotar.
El juego de Go continuó, pero un nuevo juego acababa de comenzar.
Camilo no solo le había dado un arma. Le había mostrado que estaba dispuesto a ser su aliado en la guerra.
Y Magdalena ya estaba calculando el mejor lugar para disparar.

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