Al día siguiente, en las oficinas de InnovaTech, la energía era eléctrica.
La victoria en el Premio Innovación y la masiva inyección de capital de Camilo González habían transformado el lugar. Había nuevos equipos, nuevos empleados y, sobre todo, una nueva confianza en el aire.
Magdalena reunió a Víctor y a su recién formado equipo de estrategia en la sala de conferencias.
—Caballeros, nuestro próximo objetivo es la Torre Centenario.
Proyectó en la pantalla una imagen del ambicioso rascacielos del Grupo Montero.
Víctor frunció el ceño.
—Magdalena, eso es un proyecto inmobiliario. Nosotros somos una empresa de software. No tenemos nada que ver con la construcción.
—Ahí es donde te equivocas, Víctor —respondió ella, con una sonrisa afilada—. No vamos a atacarlos con ladrillos, sino con información.
Durante la siguiente hora, expuso su plan. Un plan tan audaz y maquiavélico que dejó a todos en la sala sin aliento.
Usando la información de Camilo, sabía que "Krupp Stahl" era la única empresa que podía suministrar el tipo específico de acero que requerían los planos de la torre. También sabía que su contrato de exclusividad con Montero estaba a punto de expirar.
—InnovaTech, a través de una empresa fantasma que crearemos, se pondrá en contacto con el segundo mayor proyecto de construcción de la región, "Consorcio del Pacífico" —explicó Magdalena—. Les ofreceremos un software de gestión logística de última generación, nuestro nuevo producto "Chronos", completamente gratis.
—¿Gratis? —preguntó el director financiero, horrorizado—. ¡Ese software vale millones!
—Es una inversión —dijo Magdalena—. A cambio de nuestro software gratuito, "Consorcio del Pacífico" solo tiene que hacer una cosa: firmar un nuevo contrato de exclusividad con "Krupp Stahl" para toda América Latina, ofreciéndoles un precio ligeramente superior al que paga Montero.
El equipo guardó silencio mientras las piezas encajaban en sus mentes.
—¡¿Qué?! ¡Eso es imposible! ¡Tenemos un acuerdo!
—Tenían un acuerdo, señor Montero. Expiró la semana pasada. Les enviamos varios recordatorios.
Recordatorios que Esteban, demasiado ocupado lamiéndose las heridas, había ignorado.
El pánico se apoderó de él. Sin ese acero, cada día de retraso en la construcción de la torre le costaría a la empresa cientos de miles de dólares en penalizaciones.
La primera grieta en el imperio Montero acababa de aparecer.
Y Magdalena Valenzuela, desde su oficina a kilómetros de distancia, acababa de darle el primer golpe de martillo.

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