Romina de la Rosa odiaba sentirse impotente.
Desde su lujoso apartamento con vistas al club de yates, había observado con creciente alarma el declive del Grupo Montero.
Primero, la humillación del Premio Innovación. Ahora, el desastre de la Torre Centenario.
Esteban era un caos. Pasaba los días gritando a sus empleados y las noches bebiendo. Sus conversaciones ya no eran sobre su brillante futuro juntos, sino sobre conspiraciones y traidores.
Y en el centro de todo, aunque Esteban fuera demasiado estúpido para verlo, estaba Magdalena.
Romina lo sabía. Sentía en sus huesos que esa mosquita muerta estaba detrás de todo. Y lo que era peor, había visto las fotos en las revistas de sociedad: Magdalena cenando con Camilo González.
Ese era el verdadero peligro. Una alianza entre la mente vengativa de Magdalena y el poder ilimitado de Camilo era una pesadilla.
Romina sabía que no podía competir con Magdalena en el campo de los negocios. No tenía ni el conocimiento ni el interés. Su campo de batalla era otro: la opinión pública, el honor, la reputación.
Y ahí es donde iba a atacar.
Cogió su teléfono y marcó un número guardado bajo el nombre de "Serpiente".
—Hola, querido —dijo con su voz más dulce cuando contestaron—. Necesito un favor.
El hombre al otro lado de la línea era un fotógrafo de tabloides sin escrúpulos que le debía varios favores.
—Para ti, Romina, lo que sea. ¿A quién quieres destruir hoy?

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