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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 39

La explosión ocurrió a la hora del desayuno.

En la opulenta y silenciosa mansión Montero, Elena estaba sentada a la cabecera de la mesa, leyendo el "Diario Financiero" mientras tomaba su café matutino.

De repente, la taza de porcelana se estrelló contra el plato.

Esteban, que estaba bajando las escaleras, se sobresaltó por el ruido.

—¿Mamá? ¿Qué pasa?

Elena no respondió. Estaba pálida, sus ojos fijos en la primera página de la sección de sociedad. El titular era enorme, imposible de ignorar:

"ESCÁNDALO EN LA ALTA SOCIEDAD: LA FUTURA SEÑORA MONTERO, ¿AHOGADA EN DEUDAS DE JUEGO?".

El artículo era un trabajo de demolición periodística. Detallaba, con pruebas documentales, las enormes deudas de Romina en Mónaco. Había fotos de los pagarés firmados, extractos de cuenta, testimonios anónimos de empleados del casino.

Era irrefutable. Era una humillación total.

Justo en ese momento, Romina entró en el comedor, tarareando alegremente. Llevaba un vestido de seda blanco y parecía la imagen misma de la inocencia.

—Buenos días, Elena, mi amor —dijo, dirigiéndose a Esteban para darle un beso.

Elena se levantó de su silla. Su movimiento fue tan brusco que la silla casi se cae.

—No te atrevas a llamarlo "mi amor", muchacha insolente —siseó, su voz temblando de una furia helada.

Arrojó el periódico sobre la mesa.

—Explícame esto.

—¡La única explicación es que esta mujer es una fraude! —lo interrumpió Elena, su dedo acusador apuntando a Romina—. Pensé que eras una dama de buena familia, no una vulgar apostadora. ¿Pensabas pagar tus deudas con el dinero de mi hijo?

Esa acusación dio en el clavo. Romina se encogió como si la hubieran abofeteado.

Elena se giró hacia Esteban, su rostro era una máscara de furia y determinación.

—Este compromiso se cancela. Ahora mismo. No permitiré que una mujer con esta reputación manchada lleve el apellido Montero.

—¡No puedes hacer eso! —gritó Romina, el pánico apoderándose de ella—. ¡Esteban, dile algo! ¡Tú me amas!

Todos los ojos se volvieron hacia Esteban. El hombre que, hacía unas semanas, era el rey de la ciudad, ahora estaba atrapado entre la furia de su madre y la desesperación de su prometida.

El imperio perfecto de los Montero se estaba desmoronando desde dentro.

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