Esteban se sentía como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.
—Mamá, no podemos cancelar el compromiso así como así. Las invitaciones ya se han enviado, la prensa… ¡Seremos el hazmerreír de todo el país!
—¡Ya somos el hazmerreír! —replicó Elena, su voz cortante—. ¿O prefieres que se enteren de que la futura señora Montero le debe dinero a la mafia de Mónaco? ¡Elige tu humillación, Esteban!
Romina, viendo que la simpatía no le estaba funcionando, cambió de táctica. Se secó las lágrimas y se enfrentó a Elena.
—¡Usted no tiene derecho a decidir por Esteban! ¡Él es un hombre! ¡Él me ama!
—Él es mi hijo —dijo Elena con desprecio—, y el heredero de este imperio. Y no voy a quedarme de brazos cruzados mientras una arribista con problemas de juego lo arrastra por el lodo.
La pelea se volvió un torbellino de gritos y acusaciones. Esteban estaba en el medio, paralizado por la indecisión.
Una parte de él estaba horrorizada por lo que había descubierto sobre Romina. Se sentía engañado, utilizado.
Pero otra parte, la parte arrogante y orgullosa, no quería darle a Magdalena la satisfacción de ver su vida desmoronarse. Cancelar la boda sería admitir la derrota. Sería admitir que Magdalena tenía razón.
—¡Esteban, por favor! —lloró Romina, aferrándose a su brazo—. Fue en el pasado. He cambiado. Lo hice porque te echaba de menos, porque estaba sola…
—¡No intentes manipularlo! —intervino Elena—. ¡Él no es tonto!
Esteban finalmente explotó.
—¡Basta! ¡Cállense las dos! ¡Necesito pensar!
Se soltó del agarre de Romina y se pasó las manos por el cabello, desesperado. Miró el rostro lloroso de la mujer que amaba, o que creía amar, y vio a una extraña. Luego miró el rostro furioso de su madre, la mujer que controlaba su fortuna y su futuro.
Estaba atrapado.
—No hay nada que pensar —declaró Elena con una finalidad escalofriante—. La boda se pospone. Indefinidamente. Le dirás a la prensa que es por "motivos personales". Y tú —se giró hacia Romina—, quiero que salgas de mi casa. Ahora mismo.
Un silencio tenso y pesado cayó sobre la habitación.
Elena se alisó el vestido, recomponiendo su fachada de matriarca de hielo.
—Bien. Un problema menos. Ahora, Esteban, tenemos que hablar de cómo vas a arreglar el desastre que es tu vida.
Esteban no la escuchaba. Se quedó mirando la puerta por la que Romina había desaparecido.
No sentía alivio. No sentía tristeza.
Solo sentía un vacío inmenso.
Su boda perfecta, su prometida perfecta, su vida perfecta… todo se había hecho añicos.
Y en algún lugar de la ciudad, sabía, sin ninguna duda, que Magdalena Valenzuela estaba sonriendo.

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