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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 46

La mañana después de la humillación, la Bolsa de Valores dictó su sentencia.

Fue una masacre.

Esteban estaba en su oficina, la misma desde la que había gobernado como un rey, pero ahora parecía una tumba. No había encendido las luces. La única iluminación provenía de la pantalla de su computador, que teñía su rostro pálido de un rojo sangriento.

El rojo de las cifras en caída libre.

Las acciones del Grupo Montero se habían desplomado un sesenta por ciento en la apertura del mercado.

-60%.

La cifra parpadeaba, burlándose de él. Cada parpadeo representaba cientos de millones de dólares evaporándose en el aire.

Su teléfono no dejaba de sonar. Eran los inversores, los miembros del consejo, los bancos. Al principio había intentado contestar, dar excusas, prometer soluciones.

Pero, ¿qué solución podía ofrecer?

La noticia de su fraude en la presentación de "Puerto de Oro" se había esparcido como un virus. Ya no era el "niño prodigio". Los titulares de la prensa financiera lo llamaban "El Heredero de Paja", "El Fraude Montero".

Su secretaria entró sin llamar, su rostro lleno de pánico.

—Señor Montero, el consorcio suizo acaba de retirar su línea de crédito. Y el Banco Nacional exige una reunión urgente. Dicen que si no presentamos un plan de viabilidad hoy mismo, ejecutarán las garantías.

Ejecutar las garantías.

Eso significaba que tomarían el control de los activos de la empresa. De los edificios. De las cuentas.

Significaba la quiebra. El fin.

—Váyase —dijo Esteban, su voz era un graznido.

—Pero, señor…

—¡Qué se vaya! ¡Fuera!

La rabia que sintió fue tan intensa que le dio náuseas. La rabia contra ella, por ser tan brillante. La rabia contra su madre, por presionarlo. La rabia contra sí mismo, por ser tan estúpido, tan ciego.

Cogió una estatuilla de bronce de su escritorio, un premio que había "ganado" el año anterior, y la arrojó contra la pared. El golpe dejó un agujero en el yeso.

Pero no sintió alivio.

Se desplomó en su silla, el sonido de los teléfonos sonando se convirtió en un zumbido distante.

Miró por la ventana, hacia la ciudad que una vez creyó suya.

Se acabó.

Todo se había acabado.

No había plan. No había escapatoria.

El Grupo Montero estaba en caída libre. Y él estaba atado a la silla del piloto, cayendo con él hacia la oscuridad.

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