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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 47

Romina conducía su convertible por la carretera de la costa, demasiado rápido. El viento le azotaba el cabello y las lágrimas le quemaban los ojos.

Había perdido.

Lo había perdido todo.

Su reputación estaba destrozada. Su compromiso, roto. Su acceso al dinero y al poder de los Montero, cortado de raíz. Elena se había asegurado de que fuera expulsada de todos los círculos sociales que importaban. Era una paria.

Y todo era por culpa de ella.

Magdalena.

Esa maldita campesina.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro sonriente de Magdalena en las noticias, celebrando su victoria. La veía al lado de Camilo González, el hombre más poderoso del país.

Le había robado su vida. Su futuro. Su hombre.

Un grito de pura rabia se le escapó de la garganta. Golpeó el volante con los puños.

La desesperación era un veneno que le corroía la mente. Había intentado jugar en el mundo de los negocios y había sido humillada. Había intentado jugar en el campo de la reputación y la habían aniquilado.

Magdalena era demasiado inteligente, demasiado poderosa.

Pero hasta los más poderosos tienen una debilidad.

Una imagen apareció en la mente de Romina: un hombre mayor, de manos amables y sonrisa triste. El abuelo de Magdalena. Hernán Valenzuela.

Una idea terrible, retorcida y fea comenzó a formarse en su cabeza.

Si no podía vencer a Magdalena en su juego, la obligaría a jugar en el suyo. Un juego sin reglas. Un juego de miedo y dolor.

Sacó su teléfono, sus dedos temblaban tanto que apenas podía marcar.

Buscó un contacto que le había pasado hace tiempo un "amigo" del casino. Un hombre que se encargaba de "resolver problemas".

Le dio al hombre la dirección de la humilde casa del abuelo de Magdalena. Le envió una foto que había sacado de internet.

—No le hagan daño de verdad —añadió, un último vestigio de conciencia luchando por salir—. Solo asústenlo.

—Claro, claro. Un susto —dijo el hombre, con un tono que dejaba claro que no le importaba en absoluto—. Le llamaremos cuando tengamos el paquete.

Romina colgó.

Detuvo el coche en el arcén, con vistas al océano. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranja y púrpura.

No sentía culpa. No sentía miedo.

Solo sentía una excitación febril.

La partida de ajedrez había terminado.

Ahora comenzaba la pelea callejera. Y en una pelea callejera, la primera en golpear bajo, gana.

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