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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 48

El teléfono sonó justo después de la medianoche.

Magdalena estaba en su nuevo apartamento, un espacio amplio y moderno que había comprado con las ganancias de sus inversiones. Estaba revisando los primeros borradores para el proyecto "Puerto de Oro", demasiado excitada para dormir.

Vio el número desconocido en la pantalla y frunció el ceño. Dudó un segundo antes de contestar.

—¿Bueno?

—¿Magdalena Valenzuela? —dijo una voz distorsionada, como si hablara a través de un trapo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—No importa quién soy. Lo que importa es lo que tenemos. Tenemos a un viejo amigo tuyo. Le gusta la carpintería, ¿verdad?

El corazón de Magdalena se detuvo. El mundo se inclinó sobre su eje.

—¿Abuelo? —susurró, su voz apenas audible.

—El mismo —dijo la voz—. Está aquí con nosotros. Y no está muy cómodo. Dile hola a tu nieta, viejo.

Se escuchó un forcejeo al otro lado de la línea, y luego la voz débil y aterrorizada de su abuelo.

—¿Magda? ¡Mi niña, no sé qué está pasando! ¡Ayúdame!

—¡Abuelo! ¡Estoy aquí! ¡No te preocupes, voy a sacarte de ahí! —gritó Magdalena, poniéndose de pie de un salto, el pánico ahogándola.

La voz distorsionada volvió a la línea.

—Ya la oíste, viejo. La niña va a cooperar. Ahora escúchame tú, reina de la ciudad. Tu abuelo está bien, por ahora. Y seguirá así si haces exactamente lo que te decimos.

—Lo que sea —dijo Magdalena, las lágrimas corrían por sus mejillas—. Dinero. Quieren dinero. Se los daré. Todo.

La voz soltó una risa desagradable.

Habían encontrado su única debilidad. Habían encontrado su corazón. Y lo estaban apretando en sus manos sucias.

Se derrumbó en el suelo, temblando incontrolablemente. El miedo, un miedo primario y absoluto que no había sentido desde el día de su "muerte", la consumió por completo.

Estaba sola. Estaba aterrorizada.

No.

No estaba sola.

Con dedos temblorosos, marcó el único número que se le ocurrió. El único número que representaba un poder más grande que el de sus enemigos.

El teléfono sonó una, dos veces.

—¿Magdalena? —contestó la voz profunda de Camilo, sonaba somnoliento.

—Camilo… —sollozó ella, el sonido de su propia voz rota la sorprendió—. Necesito tu ayuda. Han secuestrado a mi abuelo.

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