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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 68

Camilo observó cómo Magdalena, a su regreso, se movía por la casa con una nueva determinación. El shock había pasado, reemplazado por una calma resuelta.

—Quiero saberlo todo —le dijo esa noche—. Quiero conocer a ese hombre, a Don Julio. Quiero saber qué pasó.

Él asintió. Ya lo había previsto.

—Me encargaré —fue todo lo que dijo.

Al día siguiente, en su oficina, Camilo no le pidió a Leo que hiciera la llamada. Este era un movimiento que debía hacer él mismo.

Le tomó a su equipo menos de una hora conseguirle un número de teléfono. No era el número de las oficinas de Solís Corp, ni el de su asistente personal.

Era el número del teléfono encriptado que Don Julio Solís mantenía en el escritorio de su biblioteca personal. Un número que solo conocían un puñado de personas en el mundo.

Camilo marcó.

El teléfono sonó tres veces antes de que una voz respondiera. Era una voz vieja, pero con un timbre de autoridad que el tiempo no había erosionado.

—Diga.

—Señor Solís —dijo Camilo, su tono era respetuoso pero firme, el de un igual—. Mi nombre es Camilo González.

Hubo una pausa al otro lado de la línea. El nombre de Camilo era conocido incluso en los círculos más cerrados.

—Señor González. Es una sorpresa. No hacemos negocios en los mismos sectores. Supongo que no llama para hablar del tiempo.

—No, señor. Llamo por un asunto personal. Un asunto que se remonta a veinte años.

Otra pausa, esta vez más larga, cargada de tensión.

—Continúe —dijo finalmente Don Julio, su voz se había vuelto cautelosa.

—Mi equipo ha estado investigando un accidente de coche que ocurrió en la carretera de la Sierra Norte. Un accidente en el que su hija, Lidia, perdió la vida.

—Quiero verla —dijo Don Julio, su voz ahora llena de una urgencia desesperada.

—Ella también quiere conocerle —respondió Camilo—. Pero esto debe hacerse con la máxima discreción. Nadie puede saber de esta reunión. Sospecho, y sé que usted también, que lo que le ocurrió a su hija no fue un accidente.

—Vengan a la capital. A mi casa. Mañana —ordenó el patriarca—. Le enviaré los detalles a través de un canal seguro. Venga solo con ella y con quien sea necesario. Nadie más.

—Estaremos allí —dijo Camilo.

Colgó el teléfono.

La partida de ajedrez había comenzado.

Acababa de mover su reina al centro del tablero.

Ahora solo quedaba esperar a ver cómo reaccionaba el viejo rey.

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