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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 69

El viaje a la capital fue silencioso.

Magdalena miraba por la ventanilla del coche blindado, viendo cómo el paisaje rural daba paso a los suburbios y finalmente a la imponente jungla de asfalto.

A su lado, Camilo era una presencia tranquilizadora y sólida. Al otro lado, su abuelo Hernán miraba al frente, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, su rostro era una máscara de preocupación protectora.

La Mansión Solís no estaba en un barrio rico. Ocupaba su propio barrio.

Estaba situada en lo alto de una colina, rodeada por un muro de piedra tan alto que parecía la muralla de una fortaleza medieval. Más allá de las imponentes puertas de hierro forjado, un camino serpenteaba a través de hectáreas de jardines perfectamente cuidados.

La mansión en sí era una obra maestra de la arquitectura colonial, un palacio de piedra y tejas rojas que susurraba historias de siglos de poder y riqueza.

Hacía que la mansión de los Montero pareciera una casa de muñecas.

Magdalena sintió una punzada de intimidación. Este era el mundo del que supuestamente provenía. Un mundo tan ajeno a ella como la superficie de la luna.

El coche se detuvo ante una escalinata de mármol. Un mayordomo con librea abrió la puerta.

Cuando salieron, la puerta principal de la mansión se abrió.

En el umbral había un hombre anciano, apoyado en un bastón de madera oscura con empuñadura de plata. Era alto y delgado, y a pesar de su edad, se mantenía erguido con una dignidad inquebrantable. Llevaba un traje impecable, y sus ojos, de un azul pálido, parecían contener el peso de un siglo de secretos.

Don Julio Solís.

No miró a Camilo. No miró a Hernán.

Sus ojos se clavaron en Magdalena.

Y en ese instante, el tiempo se detuvo.

Él levantó una mano temblorosa y, con una delicadeza infinita, le rozó la mejilla. Su tacto era el de un papel viejo, frágil y lleno de historia.

—Eres tú —dijo, su voz rota por la emoción—. Tienes sus ojos.

Magdalena no supo qué decir. Solo pudo mirarlo, viendo su propio rostro reflejado en sus ojos llorosos.

Detrás de ella, Hernán observaba, con el corazón en un puño. Había temido este momento, había temido perderla. Pero al ver la conexión instantánea, el reconocimiento de la sangre, supo que había hecho lo correcto al dejarla venir.

Don Julio Sollozó, un sonido desgarrador de veinte años de dolor reprimido finalmente liberado.

Atrajo a Magdalena hacia sí y la abrazó.

Y en el abrazo de ese extraño poderoso, de ese abuelo que nunca supo que tenía, Magdalena sintió la primera pieza de su pasado robado encajar en su lugar.

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