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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 59

REY DE OROS. CAPÍTULO 59. Nexus Revo™ 2

Alaric se quedó más tieso que cuando veía a Costanza desnuda y eso ya era decir mucho.

—¿Cómo que qué motos, vampiro? ¿No dijimos que vamos a hacer el circuito en el lago? ¿Cómo creíste que lo íbamos a hacer? ¿A pie? —rio ella antes de dirigirse al garaje, y Alaric la siguió con el corazón acelerado y no de amor.

Él levantó carraspeó, rascándose la nuca, con esa calma fingida que usaba cuando estaba a punto de inventar una excusa absurda.

—Es que… mira, Connie, había olvidado que justo este fin de semana hay una reunión importantísima con los socios.

—Mentira —lo interrumpió ella enseguida, alzando un dedo como un fiscal en un juicio—. Tu asistente me dijo que los socios están en Dubái y tú no piensas viajar.

Alaric frunció los labios, derrotado en la primera jugada, pero volvió a intentarlo.

—¿Y si nos vamos en uno de los deportivos? Bueno, es que la moto… me va a despeinar. —Se pasó la mano por el cabello perfectamente peinado, como si fuera algo sagrado.

Costanza soltó una carcajada tan fuerte que casi se atragantó con la risa.

—¿En serio? ¿Y el deportivo descapotable no te va a despeinar? ¡Por favor! —le coqueteó ella con descaro.

—Bueno, es que… el deportivo tiene techo… ¡podría llover! —Alaric señaló hacia la ventana con aire solemne, como si el cielo fuera su mejor aliado.

Ella lo miró en la misma dirección y el cielo estaba despejado, azul perfecto, ni una nube.

—Ajá, seguro cae un diluvio de la nada —dijo con sarcasmo, levantando las cejas—. Intenta otra.

Alaric se rascó la nuca, ya acorralado, y buscó otra excusa desesperada.

—Es que la gasolina… ya sabes, los precios están carísimos.

Costanza lo fulminó con la mirada, incrédula.

—¿Tú me vas a salir con que no puedes pagar gasolina? —cruzó los brazos, muerta de risa—. ¡Tienes un avión privado estacionado en el hangar, carajo!

Él suspiró con dramatismo, como un actor de teatro al que se le habían olvidado los parlamentos.

—Connie, ¡simplemente no creo que sea el momento adecuado!

Ella lo miró con un brillo sospechoso en los ojos y, de pronto, cambió de tono. Suspiró dejando caer los hombros y por fin asintió.

—¿Sabes qué? Mejor te doy la razón. No salgamos. Además, las motos en las que quiero salir necesitan un cambio de inyección electrónica que sea apta para recorridos largos y… bueno, tú sabes que es mejor precaver que quedarnos en el camino.

—¡Eso es cierto! ¡Muy cierto! —exclamó Alaric sin la más peregrina idea de qué le estaban hablando, pero emocionado igual porque se había librado—. Hasta que no cambies los inyectores mejor no salimos en las motos.

Costanza hizo un puchero de niña inconforme y al final se giró hacia él.

—Pues está bien, pero los que quiero ponerle son caros y los vas a pagar tú, así que… mejor te pido tu opinión —sentenció cruzándose de brazos—. Entonces, si vamos a cambiar a un sistema de inyección electrónica de última generación, ¿cuál preferirías? ¿El LELO Enigma™ Double Sonic o el Nexus Revo™ 2?

—¡El Nexus, definitivamente! —sentenció Alaric sin dudarlo ni un segundo. No sabía ni una mierd@ de lo que le estaba preguntando pero los dos se escuchaban muy… electrónicos.

—¡Vaya, interesante elección! —apuntó Costanza con una mueca divertida—. No me la esperaba de ti.

—¿Por qué? —preguntó Alaric.

—Porque no sé cómo un masajeador prostático te ayude a controlar el combustible del motor, pero… si a ti te gusta…

Los ojos de Alaric parecía que estaban a punto de salirse de sus órbitas. ¿Un…? ¿Un…?

—¿¡Un masajeador prostático?! —exclamó.

Costanza cruzó los brazos y lo señaló como juez en un juicio.

—No tienes ni idea de motos ¿verdad?

Él se quedó paralizado, como un niño sorprendido con la mano en el tarro de galletas.

—Está bien, está bien… —admitió con resignación, alzando las palmas como bandera blanca.

—Entonces explícame algo —insistió ella, acercándose para no darle escapatoria, con la sonrisa de quien está a punto de ganar la partida—. ¿Por qué demonios tienes veintiséis de las mejores motos del mundo guardadas en el garaje si no sabes nada de ellas?

—Por eso me buscaste a Frank, ¿verdad?

Alaric asintió, tranquilo.

—Él no es solo un entrenador. Es campeón de MotoGP.

Costanza lo miró boquiabierta, y la mandíbula casi se le cayó al suelo.

—¿Qué…?

—Lo contraté para ti. Quería que aprendieras con el mejor.

Ella se dejó caer contra el capó de un deportivo, consternada, como si le hubieran tirado encima un balde de agua fría.

—Entonces… el equipo…

—También lo mandé a crear solo para ti.

El silencio que siguió fue tan pesado que se podía escuchar el tic—tac del reloj de pared. Costanza lo miraba como si acabara de descubrir que estaba casada con un espía internacional.

—Si siempre supiste todo… ¿por qué no lo decías? —preguntó al fin, con voz baja, casi acusadora.

Alaric se agachó frente a ella, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando las manos.

—Porque quería esperar a que tú estuvieras lista. Quería que fueras tú la que me lo contara.

Ella negó con la cabeza, apretándose el puente de la nariz como si tratara de ordenar sus pensamientos.

—Nunca voy a estar lista para ti, vampiro. Siempre vas diez pasos por delante ¿verdad?

Él sonrió apenas, con una ternura inesperada, como si aquella queja lo conmoviera en lugar de herirlo. No era por gusto que le sacaba quince años, y en el fondo a veces agradecía mucho eso.

—Esos diez pasos son solo para esperarte —aseguró tirando de su cuerpo para pegarla a él—, y para despejarte el camino.

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