CAPÍTULO 59. Una venta crítica y una esposa millonaria
Una hora más tarde, Rowan estaba sentado frente a la pantalla, los codos apoyados sobre el escritorio y el ceño fruncido. Raven se acercó y le ofreció una nueva taza de café, pero él apenas la notó.
—¿Qué pasa? —preguntó la muchacha, sentándose a su lado.
—El accionista que quería vender… —murmuró él sin apartar la vista de los números—. Recibió una oferta de compra.
Ella lo miró, fingiendo sorpresa.
—¿Y eso es… malo?
Rowan negó despacio, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—No. En realidad no. Ya todos están en pánico y piensan que no logran vender nada. Así que si alguien hace una oferta de compra, por más baja que sea, eso va a animar a más accionistas a vender. Es más fácil que se animen a soltar lo que tienen si creen que alguien más está logrando escapar con algo de valor.
Raven se quedó en silencio, tomando un sorbo de café con aparente calma. Por dentro, sin embargo, su mente corría a mil por hora. ¿En qué diablos se estaba metiendo? No lo sabía, solo que su instinto le gritaba: ¡por ahí es!
A medida que la tarde avanzaba, los datos en las pantallas cambiaban cada vez más rápido. La sala de juntas se volvió un campo de batalla silencioso. Las llamadas entraban y salían sin parar. Algunos accionistas llegaban con los rostros descompuestos, otros ya ni siquiera fingían tener el control. Las cifras seguían en rojo, pero la actividad se disparaba.
A las tres y cincuenta minutos, la pantalla principal parpadeó otra vez. Rowan se acercó, tragó un sorbo de su ya frío café, y observó cómo más de la mitad de los accionistas estaban colocando sus paquetes de acciones en venta.
Rio. No una carcajada, sino un sonido breve, seco, cargado de ironía.
—¿Qué pasa? —preguntó Raven y él pasó un brazo sobre sus hombros antes de señalar la pantalla.
—Las ratas huyen del barco.
Las noticias estallaron temprano, como si hubieran estado esperando la señal. Los titulares eran demoledores: “Harrelson Holdings al borde del colapso financiero”, “El imperio Harrelson tambalea”, “Inversionistas huyen en estampida”. Las pantallas de televisión en la recepción de la empresa no daban abasto entre gráficas en rojo y expertos analizando cada movimiento con caras largas y tonos dramáticos.
En la oficina de presidencia, Raven estaba sentada con las piernas cruzadas sobre el sofá, hojeando distraídamente su tablet. Rowan, de pie junto a la ventana, observaba la ciudad como si la estuviera despidiendo.
—Las acciones ya llegaron al punto crítico —comentó ella, sin levantar la vista.
Rowan se giró y asintió con una leve sonrisa, una de esas que solo aparece cuando todo va exactamente como planeado.
—Sí. Y parece que solo quedan cuatro sin vender.
—¿Wilkins, Goodman… Ottavio y Ulises? —preguntó Raven, con un leve tono incrédulo.
Rowan asintió despacio.
—Exacto. Los primeros dos por puro capricho… se creen románticos de las finanzas. Los otros dos por terquedad. Ottavio y Ulises están tan empeñados en quitarme la empresa que no saben cuándo soltar, ni siquiera cuando estamos al borde de la bancarrota.
Y eso era cierto, porque esa misma tarde, cuando llegaron a la casa Harrelson, fueron recibidos por un griterío proveniente del salón. No era raro, en realidad. Ottavio llevaba dos días al borde del colapso, pero ahora sonaba más histérico que nunca. Estaba con el teléfono pegado a la oreja, caminando en círculos frente a la chimenea, sudoroso y descompuesto.
—¡No pueden hacer esto! ¡Nos necesitan! ¡¿Saben quién soy yo?! —chillaba—. ¡Maldit@ sea, no cuelgues! ¡Oye, no…!
El teléfono emitió un pitido seco y Ottavio se quedó un segundo inmóvil, con el teléfono aún en la mano, y luego se giró con los ojos encendidos hacia Rowan, que lo observaba desde su silla de ruedas como si acabara de llegar de jugar golf.
—¡Esto es tu culpa, maldito bastardo! —escupió Ottavio—. ¡Nuestros proveedores nos abandonaron! ¡Todos! ¡Hasta los más antiguos!


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