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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 60

CAPÍTULO 60. Las primeras amenazas y últimos minutos

Ulises estaba al borde del colapso. Tenía los ojos encendidos y la mandíbula tan tensa que parecía que iba a romperse los dientes de la rabia.

—¡Eres un malnacido! —espetó con los puños apretados, quizás más furioso todavía al darse cuenta de que le había entregado en bandeja a la millonaria y que la jugada no le había salido como él esperaba—. ¡Un miserable! ¡Vas a pagar por todo el daño que estás haciendo!

Rowan lo miró con esa sonrisa torcida que siempre usaba cuando sabía que tenía la ventaja.

—Sí, ya sé —respondió con una tranquilidad que solo lo enfureció más—. Ya todos me recordaron que voy a morirme. Así que tranquilo, pagaré por todo. Pero me voy a morir feliz, sabiendo que los dejé en la ruina. Que no podrán conservar ni la mansión Harrelson. Así que, por favor, disfruta tu última noche allí, sobrino.

Las palabras fueron un puñetazo directo al estómago. Ulises dio un paso atrás, desconcertado, como si recién comprendiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

—¡Ah!, y esta noche, cuando estemos en mi fiesta —continuó Rowan, con voz suave, casi burlona—, no se te olvide sonreír. Ya sabes, para la foto. Todo el mundo tiene que pensar que los Harrelson me adoran. No queremos que alguien crea que son un grupo de buitres esperando que muera para repartirse mis huesos, ¿no?

Ulises apretó los puños, temblando. Le ardía la piel de la rabia.

—No vas a ganar —le gruñó, con la voz baja y rota—. No te voy a dejar ganar.

—¿No? —Rowan alzó las cejas, casi divertido—. Pero si yo ya gané. De hecho, quedan exactamente... —miró el reloj en la gran pantalla de la Bolsa que había en su oficina— trece minutos para que todo se vuelva irreversible. Cuando la Bolsa cierre hoy ya nadie podrá escaparse, y esta noche, en mi propia fiesta de despedida, voy a declarar la bancarrota de Harrelson Holdings.

Los ojos de Ulises se abrieron como platos y por un momento pareció que se iba a desmayar.

—Estás loco...

—No, Ulises. Estoy muriéndome y ustedes son una partida de traidores carroñeros, así que…

Ulises miró su reloj con desesperación, dio media vuelta, soltó una maldición entre dientes y salió corriendo, como si aún tuviera tiempo de apagar el incendio que él mismo había ayudado a encender.

Rowan lo observó irse con una sonrisa satisfecha, pero sus ojos estaban fríos, calculadores.

—Llama a Alaric. ¡Ya! —le dijo a Raven y ella asintió sin decir una palabra.

Tomó el teléfono de la mesa y marcó el número que ya estaba preparado en una tarjeta. Del otro lado, Alaric respondió al primer timbrazo y Raven lo puso en altavoz.

“¿Sí?”

—Prepárate —le dijo Rowan con tono profundo y concentrado—. Ya casi es hora.

Alaric no respondió, solo se escuchó el movimiento rápido y las órdenes que daba preparando a sus brokers.

El ambiente en la oficina estaba cargado. Una tensión invisible lo llenaba todo, y afuera, el cielo era un mosaico de nubes grises que no terminaban de decidir si iban a descargar tormenta o no. Adentro, el silencio solo era interrumpido por la respiración de Rowan mientras monitoreaba la pantalla con datos bursátiles.

Cada número que se movía parecía una cuchillada. Las acciones estaban en el piso. La empresa agonizaba públicamente y todo el mundo lo sabía. Pero Rowan no apartaba los ojos de la pantalla. Cada segundo contaba. Cada movimiento podía definirlo todo.

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